Capítulo 01
Moldova más allá de un solo sonido
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Empezar por las rutas y dejar las fronteras para después
La República de Moldova se encuentra entre Rumanía y Ucrania, pero su música no se explica como una mezcla de dos vecinos mayores. La frontera moderna encierra lugares con historias distintas: la zona central de codru en torno a Chișinău, ciudades y aldeas septentrionales vinculadas con Bucovina y Podolia, los distritos del sur, la Gagauzia autónoma, Taraclia, de mayoría búlgara, y comunidades a ambas orillas del Dniéster. Sus habitantes han pasado por instituciones otomanas, del Imperio ruso, rumanas, soviéticas y postsoviéticas sin renunciar por ello a todos los vínculos anteriores.
Esa historia deja huellas audibles. El rumano y las hablas regionales estrechamente emparentadas dan forma a la doina, las canciones de baile y las baladas populares. El ruso conserva importancia en los medios urbanos y la vida cotidiana. En el sur también se canta en gagauzo, una lengua túrquica. Las historias ucranianas, búlgaras, romaníes y judías también pertenecen al mapa. Una etiqueta útil, por tanto, empieza por el intérprete, la lengua, la localidad y la ocasión antes de acudir a una categoría nacional.
Los lăutari ajustan el repertorio al tiempo social
La palabra lăutar designa a un músico profesional dentro de una larga tradición interpretativa rumana y moldava; numerosos lăutari célebres proceden de familias romaníes, aunque este ámbito no puede reducirse a una sola etnia. Un taraf adapta su instrumentación a cada actuación. El violín puede asumir el papel principal, acompañado por cobza, címbalo, acordeón, clarinete, trompeta, contrabajo o tambor según la época, el lugar, el presupuesto y la ocasión.
En una boda, la destreza técnica incluye saber leer la sala. Un músico debe alargar un baile cuando la pista está llena, acortarlo cuando llega la comida, reconocer la canción que pide un invitado y cambiar el tempo sin quebrar la corriente social. La ornamentación no es un añadido decorativo. Los portamentos, giros, trinos y cambios rápidos de presión del arco permiten que una melodía conocida se dirija a esa reunión concreta. La gran prueba no consiste en que la interpretación suene antigua, sino en que los músicos logren mantener unida a la gente durante horas.
La doina y el baile exigen tareas distintas de la voz
La doina suele describirse como una canción lírica de ritmo libre. La descripción resulta útil si conduce a la escucha: una línea puede dilatarse siguiendo la respiración, una sílaba puede sostener varias notas y el acompañamiento instrumental puede esperar en lugar de imponer un compás regular. Parece que el pensamiento se hiciera melodía en tiempo real en la voz del cantante. La doina circula además más allá de la República de Moldova, por lo que no debe tratarse como una posesión nacional.
El repertorio de baile obedece a otro motor. La hora pone en movimiento un círculo; la sârba suele impulsar un pulso más rápido y saltarín; la bătuta, el brâu y numerosos bailes locales crean otros patrones. El registro nacional del patrimonio enumera una variedad asombrosa de bailes con nombre propio, pero un catálogo no puede decirnos cómo acentúa el paso una aldea ni cómo modifica la melodía una banda mientras se baila. En la doina hay que escuchar el tiempo elástico; en el baile social, el pulso negociado. Ese contraste abre mejor el panorama que una exhibición de trajes.
Los instrumentos hablan mediante el ataque y la textura
La cobza produce un acorde breve y áspero, capaz de marcar el ritmo sin ocupar demasiado espacio melódico. Tradicionalmente se ha usado como plectro una pluma de ganso doblada. El címbalo dispone cuerdas sobre una caja resonante y las golpea con baquetas, lo que crea ataques brillantes seguidos de una resonancia metálica. El fluier aporta aire y filo; el nai permite amplios saltos de registro entre sus tubos; el bucium se proyecta a distancia; el violín puede imitar el habla y, acto seguido, impulsar un baile.
La inscripción conjunta en 2025 de los conocimientos sobre la cobza de Rumanía y la República de Moldova en la lista de la UNESCO reconoce su construcción, interpretación y transmisión. No fija un único diseño del instrumento ni un solo relato nacional. La misma cobza puede acompañar a un cantante, reforzar un taraf o aparecer en un arreglo de conservatorio. Parte de su valor reside precisamente en esa versatilidad.
Las instituciones públicas llevaron el sonido aldeano a otra escala
La radio, los conservatorios y los conjuntos estatales cambiaron las dimensiones de la interpretación durante el siglo XX. Los arreglistas ampliaron las texturas del taraf para las orquestas de instrumentos folclóricos. Los micrófonos favorecieron ciertas voces; las emisiones repitieron determinadas interpretaciones hasta volverlas canónicas. Conjuntos como Fluieraș, Mugurel y Lăutarii llevaron materiales asociados con la aldea a escenarios formales, mientras la Capilla Coral Académica Doina y la orquesta de Teleradio Moldova desarrollaban otras formas de precisión.
Esta profesionalización generó a la vez oportunidades y distorsiones. Un número radiofónico de tres minutos no equivale a una boda que dura toda la noche, pero puede conservar la interpretación de un solista excepcional y llegar a oyentes que nunca estuvieron en aquella aldea. La pregunta fecunda no es si el folclore escénico es auténtico o falso. Hay que preguntarse qué cambió cuando el escenario exigió duración fija, secciones equilibradas, vestuario coordinado y un arreglo repetible.
La migración cambió el lugar donde estaba el público
Grandes comunidades moldavas viven en Rumanía, Italia, Portugal, Alemania, Rusia, Israel, el Reino Unido y otros lugares. Las canciones viajan ahora en autobuses, bodas en el extranjero, aplicaciones de mensajería, vídeos en línea y colaboraciones transfronterizas. El pop en rumano puede producirse en Bucarest con artistas formados en Chișinău. Una canción en gagauzo puede circular entre parientes en Turquía o Rusia. Una banda de rock puede reunir a su público más numeroso al otro lado de la frontera y seguir ocupando un lugar central en la vida cultural moldava.
Ese movimiento no vacía de sentido el origen; vuelve esencial la biografía. Dragostea Din Tei, de O-Zone, se convirtió en un éxito mundial gracias a la circulación del pop en rumano. Carla's Dreams transformó el anonimato, la identidad gráfica y una escritura de canciones minuciosamente trabajada en otro modelo de exportación. Alternosfera construyó un público duradero mediante discos y conciertos, mucho más allá de un único éxito pasajero. Cada ruta empieza en Moldova y se niega a terminar allí.
Una primera hora de escucha cambia de sala sin cesar
Empiece con Doina de jale, de Nicolae Sulac, donde la línea sigue la respiración en vez de un ritmo de baile. Pase de inmediato a Un bel dì vedremo, de Maria Bieșu, y después a Ban Gagauz, la canción en gagauzo de Peter Petkovich. De ce plâng chitarele?, de Noroc, introduce el archivo de las bandas eléctricas; Mama mi-a spus, de Satoshi, concluye en el formato íntimo de una canción contemporánea en primera persona. Cinco grabaciones bastan para fijar la regla: cambie de lengua, sala y medio antes de decidir cómo suena Moldova.