Capítulo 01
Portugal es mucho más que la saudade
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A menudo se pretende encerrar Portugal en una sola palabra. Se recurre a la saudade para explicar la contención de un cantante, el dolor luminoso de la guitarra portuguesa, las partidas atlánticas, el imperio, la migración e incluso el clima. La palabra importa, pero ningún sentimiento abarca todo un país musical. Portugal también suena a un coro alentejano que se incorpora tras dos voces solistas, a una concertina del Miño que impulsa el baile, a una gaita de Trás-os-Montes que atraviesa una procesión al aire libre, a un conjunto de cuerdas de Madeira, a una chamarrita azoriana, a una marcha revolucionaria, a guitarras de rock distorsionadas y a la contundencia del bajo en la producción de club lisboeta.
En qué fijarse al escuchar
El mapa continental cambia de norte a sur. En los bailes y fiestas del Miño, la concertina, el cavaquinho, las cuerdas, la percusión y el canto suelen generar un movimiento público y vivaz. Trás-os-Montes conserva prácticas de gaita y tambor ligadas a celebraciones locales y a rutas ibéricas vecinas. La Beira Baixa está estrechamente asociada a los adufes, tambores de marco, y al canto de mujeres. El cante del Alentejo crea una polifonía colectiva sin instrumentos cuya fuerza reside en las funciones vocales y en la sincronía del grupo, no en el color instrumental. El Algarve, por su parte, posee historias marítimas, rurales y urbanas que no se vuelven audibles por el mero hecho de llamar meridional a todo.
Las islas autónomas añaden otros dos mapas, ambos archipelágicos. Madeira cuenta con el braguinha, el rajão, el bailinho y una larga historia de desplazamientos por puertos atlánticos y comunidades de la diáspora. En las nueve islas de las Azores se reparten repertorios distintos, con viola da terra, chamarrita, fiestas del Espíritu Santo, comunidades emigrantes y bailes y cantos propios de cada lugar. Un espectáculo insular pensado para visitantes puede reunir a músicos diestros; lo que no debe hacer es convertir una sola danza en resumen de toda la vida de las islas.
Y luego están las ciudades. Lisboa es el hogar más conocido del fado, pero también una ciudad atlántica poscolonial, moldeada por migrantes y descendientes de Cabo Verde, Angola, Guinea-Bisáu, Mozambique, Santo Tomé y otros lugares. Coímbra posee su propia canción académica y su propia práctica de guitarra portuguesa. Oporto reúne historias de rock, clubes, conservatorio y ciudad obrera. Setúbal, Braga, Guimarães, Évora, Beja, Sines y muchas localidades menores mantienen escenas por medio de asociaciones, coros, festivales, escuelas y espacios informales.
Escuchar el arreglo antes de poner nombre a la emoción
En el fado lisboeta, la voz suele trabajar con guitarra portuguesa, viola de fado y, a veces, contrabajo. Las seis órdenes dobles de la guitarra portuguesa producen un ataque rápido y brillante, y permiten que los adornos se enrosquen en torno a la línea vocal. La viola aporta la base armónica y rítmica. Un gran acompañamiento no inunda al cantante de notas ornamentales: escucha, responde y deja el silencio justo allí donde una palabra necesita peso.
El cante alentejano invierte esa escala. Un ponto comienza; por encima entra un alto con una línea característica, y el coro ensancha el sonido. No hace falta ningún instrumento. El color de cada persona sigue percibiéndose dentro del cuerpo colectivo, y el fraseo puede ser tan amplio que parece capaz de cruzar una taberna, una calle o un paisaje abierto. El efecto no es melancólico por definición: el repertorio puede hablar de trabajo, territorio, compañerismo, sátira y celebración.
En «Kalemba (Wegue Wegue)», de Buraka Som Sistema, ninguna cuerda acústica reclama silencio. Ideas rítmicas vinculadas al kuduro, percusión electrónica, voces lanzadas a gritos y subgraves convierten Lisboa en una veloz ciudad atlántica de producción musical. La presencia de la angoleña Pongolove es fundamental. La grabación nace de infraestructuras urbanas portuguesas y de una colaboración transnacional, sin convertir por ello el kuduro en una posesión portuguesa.
Una primera hora con cuatro centros incompatibles
Se puede empezar con el Grupo Coral e Etnográfico da Casa do Povo de Serpa cantando «Ó Rama, Ó Que Linda Rama». Conviene seguir la arquitectura que conduce de las voces solistas al coro y observar cómo la entrada de la masa vocal cambia el sentido de una frase sencilla. Después, Amália Rodrigues en «Estranha Forma de Vida»: su fraseo tira en dirección contraria al acompañamiento y hace que el pensamiento parezca tomar forma mientras canta.
El paso siguiente es «Grândola, Vila Morena», de José Afonso. El pulso de marcha, las voces colectivas y el verso repetido explican por qué la grabación pudo cumplir una función social más allá del escenario. Para terminar, «Nova Lisboa», de Dino D'Santiago, donde la herencia caboverdiana, la lengua portuguesa, la electrónica y una ciudad en transformación confluyen en una canción de autor escrita en presente.
Ninguno de estos ejemplos es el centro auténtico. Serpa no explica Lisboa; Amália no explica abril de 1974; José Afonso no explica la cultura de club afrodiásporica. Juntos proponen el hábito de escucha adecuado: reconocer voz, lugar, lengua, conjunto y circulación antes de buscar un estado de ánimo nacional.
La larga historia atlántica de Portugal exige esa cautela. La expansión marítima y el imperio conectaron el país con África, Brasil y Asia mediante la coerción, el comercio, los asentamientos, la esclavitud y el intercambio cultural. Más tarde, la descolonización, la guerra, las migraciones de retorno y las nuevas inmigraciones transformaron ciudades y familias. Las conexiones musicales son reales, pero, por muchas conexiones que revele un ritmo, este sigue teniendo autores. Sus nombres muestran cómo un pequeño territorio europeo llegó a convertirse en un campo sonoro de extraordinaria densidad.