Capítulo 02
La nahma hace audible el barco perlero
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La pesca de perlas exigía partidas reiteradas hacia el calor, la incertidumbre y el peligro físico. Para una tripulación, el mar no era un horizonte azul y vacío, sino un lugar de trabajo ordenado por jerarquías, tareas, deudas, temporadas, clima y búsqueda de bancos de ostras. La música entraba en ese sistema por medio de la coordinación, el ánimo, el recuerdo y la cohesión social. Conviene acercarse a la nahma no como una evocadora «música del mar», sino como una familia de prácticas cantadas cuyos detalles dependen de la acción y la ocasión.
En qué fijarse al escuchar
Una voz solista potente es esencial. El nahham debe imponerse a los cuerpos, al viento y al trabajo sin convertir cada frase en un grito. Moldea una línea, prolonga una vocal, ornamenta un giro melódico y da la entrada al grupo. Las voces que responden cambian la escala del sonido. La expresión de una persona se vuelve afirmación colectiva y regresa después al solista. El intercambio puede parecer circular porque su propósito no es alcanzar el clímax occidental de estrofa y estribillo. Su energía nace de acumular respiración, repetición y entradas grupales cada vez más firmes.
Las palmas crean un metro visible. No se limitan a decorar el canto: acompasan los cuerpos y fijan el punto de llegada de la frase. Los tambores añaden ataques graves y agudos, y a veces engrosan el ciclo poco a poco. En una actuación museística resulta tentador atender únicamente a un timbre que parece exótico. Atienda, en cambio, a la jerarquía. ¿Qué sonido inicia el ciclo? ¿Entra el coro al unísono o como una oleada irregular? ¿La voz principal cabalga sobre el pulso o tira de él en dirección contraria? ¿El percusionista marca cada unidad o reserva el énfasis para un giro mayor?
Un barco llevaba distintas clases de canto
La categoría «canto de pesca de perlas» puede ocultar la variedad funcional. La partida, el remo, el izado, la inmersión, el descanso y el regreso no planteaban las mismas exigencias. Un ritmo de trabajo puede necesitar un marco estable y repetible. Una interpretación vocal más extensa puede abrir un espacio emocional y poético después de la faena. El lenguaje religioso, la añoranza de la familia, el elogio, el dolor y el aliento pueden convivir en el repertorio sin que todas las piezas desempeñen la misma función.
La propia tripulación tenía funciones diferenciadas. El capitán, los buceadores, quienes tiraban de las cuerdas, los ayudantes y los demás trabajadores no ocupaban posiciones iguales. La música podía crear solidaridad sin disolver la jerarquía ni la deuda. Esa tensión importa porque las celebraciones patrimoniales suelen presentar un barco armonioso como si contuviera toda la verdad social. El canto era real y poderoso; también lo eran el riesgo y la dependencia económica. Escuchar ambas cosas no empequeñece a los músicos: devuelve a su destreza la dificultad a la que daba respuesta.
La sesión documentada de Khalid Johar en un majlis ofrece un puente excepcional entre la memoria y una interpretación con nombres propios. Johar no era un custodio anónimo posando junto a un instrumento, sino un director de grupo qatarí que trabajaba con músicos capaces de pasar de la música marinera al sawt. La sala importa: un majlis favorece la escucha cercana y el conocimiento compartido. También modifica la proyección respecto a la cubierta abierta. Las voces que antaño competían con la intemperie pueden distinguirse como timbres individuales, y el detalle rítmico se sigue con mayor facilidad.
En el Museo Nacional de Qatar, el programa Rhythms of the Reef presentó a músicos qataríes que interpretaban nahma y explicaban su relación con el ritmo de la pesca de perlas. El acto unió la escucha cultural y la ecológica: sonidos submarinos, vida del arrecife, percusión artesanal e interpretación colectiva. Se trata de un marco educativo contemporáneo, no de la pervivencia de una expedición perlera. Su valor reside en volver enseñable el ritmo y en conectar a una nueva generación con especialistas capaces de demostrar más de lo que muestra una imagen.
Un concierto público de 2026 prolonga esa línea. En Memory of the Melody, organizado por el Centro de Asuntos Musicales, el grupo Young Nahham actuó con el conjunto del centro y coros infantiles en un programa que incluía «Sinyar Safar», canción qatarí antigua y pasajes marítimos. El formador Ali Al Haddad presentó el grupo como un medio para que los niños aprendieran las artes del mar mediante la interpretación, no solo a través del vestuario. El concierto era un arreglo moderno en una sala ministerial, pero sus cantantes, director y programa acreditados lo convierten en un documento más útil que un montaje patrimonial anónimo.
En el Golfo, parentesco no significa identidad
La pesca de perlas conectaba comunidades de todo el Golfo. Músicos, marineros, mercaderes y trabajadores cruzaban el agua con mayor facilidad de la que a veces admiten los relatos nacionales modernos. Hay prácticas emparentadas de canto marinero en Bahréin, Kuwait, Qatar, Arabia Saudí oriental y otros lugares. Los nombres, los conjuntos y los contextos ceremoniales se solapan de manera irregular. La respuesta adecuada es comparar, no competir por la invención de todo el ámbito.
El fjiri exige especial precisión. La forma está ampliamente documentada en Bahréin y fue inscrita por la UNESCO como elemento bahreiní. Esa inscripción no debe atribuirse a Qatar. La nahma qatarí tiene su propia vida documental e interpretativa. El oyente puede percibir un aire de familia en el canto antifonal, las palmas, los tambores y la memoria perlera, sin dejar de preguntar qué comunidad y qué fuente produjeron cada grabación.
Al Zubarah ofrece a la música un paisaje material. Su arqueología revela una ciudad fortificada moldeada por la pesca de perlas y el comercio. Los almacenes, los espacios domésticos, las fortificaciones y la costa muestran cuántos tipos de trabajo sostenían al barco ostrero. El cantante formaba parte de una economía mayor que abarcaba la construcción naval, el aprovisionamiento, la clasificación, las finanzas y el intercambio regional. Visitar el yacimiento no proporciona por sí solo una banda sonora, pero permite corregir la escala del relato.
El declive de la economía perlera transformó las condiciones de interpretación. Las perlas cultivadas, la crisis económica y, más tarde, la producción de petróleo alteraron los medios de vida. Los cantos pudieron pasar del trabajo a la memoria, la radio, los festivales, los programas escolares y las celebraciones nacionales. Una forma puede sobrevivir porque hay personas que la trasladan deliberadamente a nuevos espacios. Ese desplazamiento no demuestra que sea falsa; constituye un cambio de función que el oyente debe reconocer.
Dana Al Fardan escucha el mar a través de una orquesta
Tempest, de Dana Al Fardan, estrenada con la Orquesta Filarmónica de Qatar en 2025, no pretende ser un documento de campo. Parte de la percusión qatarí de la pesca de perlas y sitúa esa memoria rítmica dentro de una reflexión orquestal sobre las culturas marineras. Percusionistas khaleeji comparten escenario con qanun, ney, voces, piano, cuerdas y vientos. La escala pasa de la tripulación a la sala de conciertos, y la composición sustituye la duración flexible de la interpretación social.
«Akoya» ofrece la entrada más clara. Bautizada con el nombre de una ostra perlera, reúne a Ranine Chaar y Mansour Al Mohannadi en una textura con qanun, ney, percusión árabe, Aljabilat Band y orquesta. Escuche la diferencia entre un patrón de tambor que funciona dentro de un conjunto heredado y esa misma familia rítmica convertida en material orquestal. Las cuerdas pueden prolongar la tensión mucho más allá de un ciclo de palmas; los vientos pueden reflejar un contorno vocal; la percusión puede adquirir una función de color estructural, en vez de marcar directamente el trabajo.
«The Fleet» y el movimiento que da título a la obra amplían la imagen marítima. La música compara tradiciones marineras sin afirmar que sean idénticas. El proyecto resulta más convincente cuando la semejanza rítmica se convierte en una pregunta compositiva, en lugar de un eslogan de unidad universal. El oyente debe mantener audible la fuente qatarí al tiempo que observa cómo la transforma el arreglo.
El capítulo del mar termina, por tanto, en dos salas. En el majlis de Khalid Johar, los músicos transmiten un saber vivo del Golfo mediante voz, oud y percusión. En la Ópera de Katara, una compositora qatarí y una orquesta internacional convierten el ritmo perlero en una gran partitura de autor. Ninguna invalida a la otra. Juntas muestran cómo un pasado laboral puede permanecer musicalmente activo sin quedar congelado sobre un barco.