Capítulo 01
Cuatro ritmos, una isla compartida
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Comience con cuatro grabaciones. “La Chiflera”, de Tatico Henríquez, entrelaza en un diálogo vertiginoso el acordeón, la tambora y la güira. “Consejo a las mujeres”, de Blas Durán, le da a la bachata un filo enérgico de guitarra eléctrica. El canto de salve de Enerolisa Núñez sitúa la voz y el tambor dentro de la devoción y el compromiso comunitario. “Linda”, de Tokischa, junto a Rosalía, lleva la voz de una artista urbana dominicana a una producción digital de alcance mundial y a un debate público sobre sexo, clase y respetabilidad.
En qué fijarse al escuchar
La distancia que las separa es precisamente la clave. «Música dominicana» solo resulta una categoría útil cuando quien escucha se adentra en cada una de esas músicas.
El país comparte La Española
La República Dominicana ocupa la parte oriental de La Española; Haití, la occidental. La frontera divide Estados, pero no separa por completo familias, rutas laborales, prácticas religiosas, lenguas o ritmos. La historia dominicana incluye repetidos intentos de negar o controlar la presencia haitiana, cuyo episodio más violento bajo Rafael Trujillo fue la masacre de 1937 contra haitianos y dominicanos percibidos como haitianos en la zona fronteriza.
La escritura sobre música no debe reproducir ese borrado. El gagá de los bateyes dominicanos está vinculado al rara haitiano y a comunidades de ascendencia haitiana, aunque se ha desarrollado en condiciones sociales dominicanas. Los palos y la salve pertenecen a tradiciones sagradas y sociales afrodominicanas distintas. El merengue y la bachata evolucionaron en diálogo con otras formas caribeñas. Una historia compartida no vuelve intercambiables todas las prácticas; las fronteras estatales tampoco las dejan sin relación.
Un mapa regional cambia la selección musical
El Cibao, que incluye Santiago y el interior norteño, es fundamental para el merengue típico y la cultura del acordeón. Santo Domingo concentró la corte, el Estado, la radio, la televisión, el conservatorio, los estudios y las orquestas que le dieron al merengue un sonido amplio y arreglado. Puerto Plata enlaza el puerto atlántico, el turismo y las rutas de los músicos. San Pedro de Macorís conserva la historia cocola creada por descendientes de trabajadores del Caribe anglófono. Villa Mella, al norte de la capital, es inseparable de la Cofradía del Espíritu Santo de los Congos. El suroeste, las provincias fronterizas y los bateyes exigen historias haitiano-dominicanas propias.
Nueva York no es una octava provincia dominicana, pero sí uno de sus principales centros de actividad musical. La migración cambió la reputación de la bachata, la industria del merengue, el lenguaje del rap y el público imaginado para un lanzamiento dominicano.
Los instrumentos crean alianzas sociales
En el merengue típico, el acordeón presenta la melodía y sus variaciones, la tambora divide su voz de dos parches entre la mano y el palo, y la güira de metal sostiene un patrón continuo de raspado. El saxofón, el bajo y la conga pueden ampliar el conjunto. La emoción nace del engranaje: ninguna parte es simple adorno.
En la bachata, dos guitarras suelen repartirse las funciones melódica y rítmica, mientras el bajo, el bongó y la güira mantienen presente el cuerpo del baile. Las frases agudas y de articulación nítida de la guitarra principal se convirtieron en una de las firmas más reconocibles del estilo. Una letra sentimental puede recibir un arreglo de asombrosa precisión rítmica.
En los palos, los tambores largos, la percusión menor, la voz y la respuesta organizan una relación distinta. Su sentido proviene de la comunidad y la ocasión, no de un parecido con un ritmo de discoteca. Quien escucha nunca debe encasillar un ritmo sagrado en la categoría genérica de «percusión dominicana».
La reputación de los géneros deja oír la raza y la clase
El merengue fue elevado y administrado como cultura nacional bajo Trujillo, aun cuando los músicos lo transformaban más allá de los designios oficiales. Durante mucho tiempo, la bachata fue despreciada como música de pobres urbanos y rurales, asociada por las élites con los bares, el sexo y el fracaso social. La música religiosa afrodominicana fue marginada o folclorizada. El dembow suele condenarse con el mismo lenguaje clasista y racializado que antes se empleó contra la bachata.
La escucha crítica pregunta a quién se califica de vulgar, auténtico, moderno o nacional, y quién se beneficia de cada etiqueta. No exige fingir que toda letra o institución es inofensiva.