Capítulo 05
Pirekua, Chiapas y la Costa Chica afromexicana
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La pirekua se dirige a una comunidad en su propia lengua
Pirekua significa canción en p'urhépecha. La practican mujeres y hombres de comunidades michoacanas en formatos solistas, dúos, tríos, coros y conjuntos de cuerdas o instrumentos mixtos. Las letras pueden tratar el cortejo, la religión, la historia, la política y asuntos que necesitan expresarse entre familias o vecinos.
El sonido suele ser íntimo. Dos voces pueden avanzar muy juntas sobre una guitarra, un violín o un pequeño conjunto de cuerdas. Otras formas emplean la energía de sones en 3/8 o abajeños en 6/8. Los cantantes e intérpretes conocidos como pirériechas son valorados no solo por conservar el repertorio, sino por su capacidad de dar forma a canciones antiguas y comunicar preocupaciones presentes.
Escuche a Pireris Jiménez interpretar Male Rosita, de Arturo Jiménez, en un registro realizado en Arantepacua en 2022. Importan los nombres, la comunidad y la fecha: sustituyen la vaga categoría de «canto indígena» por artistas vivos que hacen una canción concreta.
Una grabación de Chiapas también deja constancia de una obligación
La colección de 1975 Modern Mayan: The Indian Music of Chiapas documenta a músicos tzotziles, tzeltales, ch'oles y tojolabales. Tambores de dos parches y flautas de tres agujeros conviven con el violín, la guitarra, el arpa, la trompeta, la sonaja y el teponaztli. Estas combinaciones se resisten a una división sencilla entre instrumentos prehispánicos y europeos.
Para muchos de los intérpretes allí representados, la música pertenece a la costumbre: la vida ritual, social y religiosa entendida como un todo. El músico cumple una obligación y puede recibir comida y bebida en lugar de honorarios de concierto. Oír estas grabaciones en el momento que elijamos nos sitúa muy lejos de esa relación.
Tiger Stone Song, de músicos tzotziles de Zinacantán, es breve, pero la brevedad no la convierte en material incompleto a la espera de un productor. Escuche las voces y el sonido ambiente como documentación de una interpretación situada. Pruebe después Trumpet Choir, de tzotziles de Carranza, y Flute and Drum, de tzeltales de Tenango; comunidades vecinas emplean mundos tímbricos notablemente distintos.
El México indígena no cabe en una sola evocación arqueológica
Grabaciones de arpistas yoemes en Sonora, especialistas rituales wixaritari y coras en Nayarit, cantantes seris, danzantes totonacos y comunidades mayas muestran una enorme diversidad. Existen flautas de barro, trompetas de caracol y tambores de tronco, pero también violines, guitarras, arpas y metales adoptados y rehechos a lo largo de siglos.
Danza de los Quetzales: Son de la Mariposa, de Miguel García Santes, grabada con intérpretes totonacos para el programa de un festival de 1992, ofrece al oyente el nombre de un músico y una secuencia de danza. No debe tratarse como prueba genérica de un México antiguo. Pertenece al trabajo cultural totonaco y al acontecimiento moderno donde fue grabada.
Los músicos indígenas contemporáneos también trabajan en el rock, el rap, la producción electrónica y la canción popular. La lengua y la comunidad no determinan un único instrumento ni un periodo histórico.
Yune Va'a vuelve audible ese tiempo presente. El nombre artístico corresponde a Alfredo Díaz Nabor, rapero de Santa María Pápalo, Oaxaca, que trabaja en cuicateco y español. Su fonograma de cinco canciones Dbaku, presentado por el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas en 2022, transita entre hip-hop, rock, huapango y funk. Fernando Roes compuso la música y #AyMarya participó en los coros, créditos que hacen del proyecto algo más que un ejemplo simbólico. Escuche el cambio de lengua como ritmo y forma de dirigirse a alguien, no como una etiqueta patrimonial adherida a una base rítmica.
La Costa Chica enlaza historias afromexicanas, indígenas y mestizas sin confundirlas
La Costa Chica se extiende por Guerrero y Oaxaca. Las comunidades afromexicanas mantienen allí prácticas de música y danza moldeadas por el intercambio local, la cultura ganadera, los calendarios católicos, las rutas del Pacífico y las historias de esclavización y exclusión racial. Comunidades indígenas mixtecas y amuzgas, entre otras, participan en el mismo campo regional sin volverse intercambiables.
En otra época, el fandango de artesa giraba en torno al baile sobre una plataforma de madera tallada o alrededor de ella. El juego de diablos pertenece a la conmemoración del Día de Muertos y emplea danza con máscaras, percusión y relaciones teatrales. La chilena es una forma regional de canto y baile vinculada históricamente a las rutas del Pacífico sur, pero profundamente rehecha en la Costa Chica.
El lenguaje correcto es concreto. Diga qué localidad, danza y conjunto están presentes. «Ritmo africano» explica menos que el sonido de la quijada, el violín, la guitarra, los metales, el verso o los pies en una interpretación identificada.
Manuel Magallón sitúa el corrido en una historia local
Los hermanos Quiñonez, grabado en Huehuetán, Guerrero, en mayo de 1981, está cantado por Manuel Magallón y atribuido al compositor Efraín Quintero. La grabación pertenece a la colección del INAH Soy el negro de la costa: Música y poesía afromestiza de la Costa Chica.
Su presencia desmonta dos simplificaciones. La música afromexicana no se limita a percusión y baile, y el corrido no es solamente un género norteño. Un cantante regional puede utilizar la canción narrativa para tratar un conflicto local comprendido por su público.
Escuche la dicción y el ritmo del relato antes de buscar una marca estilística universal. La posición social se transmite mediante quién cuenta la historia y a quiénes se espera que lleguen los nombres.
Los Reyes del Fandango vuelven a poner la artesa bajo los pies de los bailadores
Un solo corrido no puede representar todo el capítulo de la Costa Chica. En Mi último deseo, grabado para un proyecto del INAH en 2014, Primitivo Efrén Mayrén Santos canta y toca el tambor junto con el guitarrista José Luis Torres Toscano, el violinista Vicente Salinas Herrera y bailadores de Los Reyes del Fandango. La pieza es un son chilena, y sus versos recuerdan la tradición de la artesa, al Trío Santa Quilama y a la Orquesta Reyna del Mar como expresiones que la gente se esforzó por recuperar.
Escuche tres capas a la vez: violín y guitarra articulan la tonada, el tambor afirma el pulso social y los pies hacen sonar la plataforma de madera. Aunque aquí hay percusión y baile, no estamos ante el estereotipo que la elección del corrido buscaba contrarrestar. Juntas, las dos grabaciones revelan la canción narrativa de la Costa Chica y la música costeña creada mediante cuerpos, instrumentos y un piso sonoro.
Dar crédito a la comunidad cambia el sonido de todo el país
Cuando se nombra a los intérpretes, el mapa nacional se vuelve menos jerárquico. Pireris Jiménez no aparece como simple telón de fondo de un centro dominado por el mariachi. Los músicos de Zinacantán no son materia prima para un compositor. Manuel Magallón no es una voz costera anónima.
Sus grabaciones conviven con las de estrellas comerciales sin fingir que el acceso, la escala o el propósito sean iguales. La comparación plantea una pregunta mejor: ¿qué clase de atención requiere cada interpretación? Una puede invitar al baile; otra, a la traducción; otra, a conocer una fiesta o una disputa local. Quien escucha se vuelve más capaz al adaptar su manera de escuchar a cada música.