Capítulo 01
Un país demasiado grande para un solo ritmo
6 minutos de lectura
La música nigeriana comienza en muchos centros
Nigeria suele presentarse mediante uno de dos atajos. El más antiguo es Fela Kuti y el Afrobeat; el más reciente es el Afrobeats, el amplio campo del pop que artistas como Wizkid, Burna Boy, Davido, Tiwa Savage, Tems y Rema han llevado a una audiencia internacional. Ambos ofrecen perspectivas reales. Ninguno constituye un mapa del país.
Más de doscientos millones de personas viven entre ciudades costeras, zonas forestales, deltas fluviales, sabana y el árido norte. En las canciones se oyen, entre muchas otras lenguas, el yoruba, el hausa, el igbo, el fulfulde, el kanuri, el tiv, el edo, el ibibio, el efik, las lenguas ijaw y el pidgin nigeriano. Lagos es el mayor centro de grabación comercial, pero Kano, Ibadan, Abeokuta, Enugu, Onitsha, Port Harcourt, Jos, Benin City, Calabar y comunidades más pequeñas han creado sus propios públicos musicales.
La primera pregunta útil, por tanto, no es «¿A qué suena la música nigeriana?». Conviene preguntar quién actúa, en qué lengua, para qué público y a través de qué medio. Un cantor de alabanza que despliega el nombre de un mecenas acompañado por un tambor parlante, una banda de highlife igbo que alarga un ciclo de guitarra durante un baile social, un intérprete de algaita que se hace oír sobre una procesión de un emirato y un productor que construye un sencillo pop de tres minutos para teléfonos cumplen funciones distintas.
El ritmo puede hablar, caminar o sostener una pista de baile
El vocabulario instrumental de Nigeria es inmenso, pero las listas resultan menos útiles que las acciones. La familia yoruba dùndún, formada por tambores de tensión variable, cambia de altura cuando el músico aprieta bajo el brazo las correas tensoras. Sus frases pueden aproximarse a los contornos del habla tonal, responder a un cantante y redirigir a los bailarines. Los tambores bàtá organizan partes entrelazadas con registros diferenciados y profundas historias rituales. En contextos igbo, el gong de hendidura ekwe y el gong metálico ogene pueden establecer patrones temporales repetitivos mientras tambores y voces ocupan los espacios que dejan.
En los conjuntos cortesanos y festivos del norte, la larga trompeta kakaki emite llamadas ceremoniales sostenidas. La algaita, de lengüeta doble, proyecta una línea melódica más móvil en el espacio abierto. La fídula goje puede sostener la poesía de alabanza con un timbre seco producido por el arco. No se trata de «instrumentos tribales» intercambiables. Cada uno adquiere significado por el repertorio, la autoridad, la lengua y la ocasión.
Las bandas populares transformaron esas relaciones en vez de limitarse a sustituirlas. La guitarra de highlife lleva figuras repetidas cuyas pequeñas variaciones se acumulan a lo largo de bailes prolongados. El jùjú amplió la conversación del tambor parlante con guitarras eléctricas, guitarra pedal steel, teclados y capas de percusión. El Afrobeat utilizó secciones de metales, ostinatos de bajo, guitarras y las partes independientes de la batería de Tony Allen para construir extensas formas políticas. Los productores contemporáneos comprimen percusión, subgraves, voz y silencio en grabaciones capaces de circular con rapidez entre clubes, radio y teléfonos.
Las ciudades portuarias hicieron audible la circulación
Lagos, Port Harcourt y Calabar no se desarrollaron dentro de fronteras nacionales selladas. Marineros, soldados, profesionales de la radio, comerciantes y compañías discográficas trasladaron música entre Nigeria, Ghana, Sierra Leona, Congo, el Caribe, Gran Bretaña y Estados Unidos. El highlife es una historia de África occidental, no una posesión de un solo país. Los músicos nigerianos crearon versiones decisivas, pero las bandas de baile ghanesas y las redes costeras forman parte del relato.
«Taxi Driver», de Bobby Benson, emplea un formato compacto de banda de baile y un gancho vocal inmediatamente memorable. «Sawale», de Rex Lawson, lleva el highlife costero y del delta del Níger por medio de un lenguaje orquestal dominado por los metales; Lawson era kalabari y su carrera no debe clasificarse a la ligera como highlife igbo. En el este, Osita Osadebe y los Oriental Brothers situaron la guitarra, la voz y el comentario social en el centro de discos de baile de larga duración. Estas escenas se solaparon mediante las giras y los discos, sin perder sus distintas lenguas y vínculos locales.
La radio, los discos y los casetes cambiaron la duración musical
La grabación hizo más que conservar interpretaciones. Los discos de goma laca y de vinilo limitaron la duración, fomentaron los popurrís que ocupaban toda una cara y convirtieron los nombres de las bandas en identidades comerciales. La radio creó públicos nacionales, aunque privilegió las lenguas y los conjuntos que las instituciones decidían emitir. Los casetes facilitaron la copia, el transporte y las interpretaciones largas; los mercados y las rutas de autobús podían hacer circular música más allá de los planes formales de las discográficas. El vídeo, los discos compactos, los archivos MP3 y los teléfonos móviles reorganizaron de nuevo el acceso.
Los músicos adaptaron la composición a cada formato. Una interpretación de alabanza en vivo puede expandirse en respuesta a los invitados, los obsequios y el baile. La cara de un vinilo exige otro arco. Un sencillo pop actual suele presentar pronto el gancho, dejar espacio para un reto de baile y circular en distintas versiones. Ninguno de estos formatos es neutral, pero ninguno vuelve menos nigeriana la música.
Las mujeres son autoras en todo el mapa
Las mujeres no deben aparecer únicamente como una corrección moderna al final del relato. Batile Alake dio forma a la grabación de waka antes de que Salawa Abeni se convirtiera en una de sus voces públicas más destacadas. Christy Essien-Igbokwe cantó en varias lenguas nigerianas y reunió pop, soul y highlife en una trayectoria singular como autora e intérprete. Onyeka Onwenu vinculó canción, radiodifusión y debate público. Evi-Edna Ogholi construyó un reggae-pop nigeriano con una emisión vocal ligera e inmediatamente reconocible.
Las generaciones posteriores incluyen a Asa, Nneka, Tiwa Savage, Yemi Alade, Simi, Tems, Ayra Starr y muchas artistas independientes que trabajan fuera de un único género. Sus diferencias importan más que la categoría «cantante femenina». Hay que atender a la composición, los arreglos, la lengua, las decisiones de producción y las instituciones en las que cada artista tuvo que desenvolverse.
Seis vías para la primera hora de escucha
Comience con músicos tangale de Biliri interpretando «Hausa Court Music»: algaita, kotso, voz principal, respuesta del grupo y sonajero hacen audible la autoridad pública. Pase al àpàlà de Haruna Ishola, donde voz y percusión acumulan una paciente presión verbal. Escuche «Sawale», de Rex Lawson, para conocer el highlife costero, y después «Osondi Owendi», de Osita Osadebe, para sentir el fluir de las guitarras del este.
«Water No Get Enemy», de Fela Kuti, muestra cómo una línea de bajo, metales, guitarras, teclados, coro y la batería de Tony Allen pueden sostener un argumento prolongado sin apresurarlo. Termine con Wizkid y Tems en «Essence», donde la técnica es la contención: percusión de ataque seco, espacio abierto y dos voces que nunca necesitan gritar. La distancia entre estas grabaciones es precisamente la clave. La coherencia musical de Nigeria reside en la conexión y el debate, no en un ritmo representativo.