Capítulo 01
Noruega suena en más de un paisaje
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Empezar por varios centros, no por una banda sonora nacional
La música noruega suele presentarse mediante un conjunto limitado de imágenes: Edvard Grieg ante el piano, un violín de Hardanger junto a un fiordo, un guitarrista de black metal con maquillaje que evoca el invierno o una impecable producción electrónica de Oslo o Bergen. Cada imagen abre una vía real. Ninguna basta para abarcar el país.
El primer mapa útil distingue las prácticas por lengua, localidad y entorno social. El joik sámi pertenece a Sápmi, una región cultural que atraviesa las fronteras actuales de Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia. Las tradiciones violinísticas cambian entre valles y costas, e incluso entre distritos vecinos. Las instituciones de música de concierto de Bergen, los clubes de Oslo, las redes septentrionales de Tromsø, el conservatorio y las historias del rock de Trondheim, las reuniones de danza de Setesdal y el calendario de festivales sámi de Kautokeino generan maneras diferentes de escuchar.
El noruego, las lenguas sámi y el kven conviven en la música con el romaní, el inglés y las lenguas de migraciones más recientes. El bokmål y el nynorsk son normas escritas, no dos géneros musicales. Sin embargo, el dialecto puede alterar la duración de las vocales, la rima y la cadencia corporal de una canción. Un cantante del norte de Noruega puede dotar a una forma popular conocida de un carácter local antes de que entre instrumento alguno.
El joik hace presente un sujeto, no se limita a describirlo
El joik es el punto más importante para romper un hábito simplificador. Suele traducirse como una canción sobre una persona, un animal o un paisaje, pero muchos practicantes sámi establecen una distinción más firme: un joik puede hacer presente a su sujeto. Una breve célula melódica regresa mientras el ritmo, las vocales, la respiración y el timbre continúan transformándose. Puede haber palabras, pero la identidad musical no reside solo en la letra.
El luohti sámi septentrional es la forma más difundida en las grabaciones de Noruega, aunque otras zonas de Sápmi poseen términos e historias propios. El joik sobrevivió a periodos de prohibición misionera y norueguización que lo expulsaron de las escuelas y las iglesias y lo privaron de respetabilidad pública. Hoy vive en los saberes familiares, los festivales, el teatro, la composición contemporánea, el rock, la producción electrónica y las instituciones formales sámi.
Conviene escuchar Beaivi, Áhčážan, de Nils-Aslak Valkeapää, una obra donde confluyen joik, poesía, sonidos naturales y forma extensa. Después, Gula Gula, de Mari Boine. Su voz no flota sobre un acompañamiento atmosférico: el tambor, el bajo y los matices eléctricos intensifican las figuras reiteradas de la línea vocal. Estas obras no demuestran que la tradición se hiciera moderna. El joik y la autoría sámi ya eran contemporáneos para quienes los creaban.
El violín de Hardanger crea un espacio alrededor de un solo intérprete
El violín de Hardanger se parece al violín común, pero normalmente dispone de cuerdas simpáticas bajo las cuatro cuerdas frotadas. Esas cuerdas inferiores no se tocan de forma directa: vibran por resonancia, prolongan determinadas frecuencias y envuelven la melodía en un halo sonoro. Las afinaciones alternativas, las dobles cuerdas, las cuerdas al aire y los ornamentos hacen que un solo intérprete parezca producir un sonido mucho mayor.
Su repertorio incluye springar, gangar, halling y rull, pero esas denominaciones no imponen un único ritmo en toda Noruega. Un springar puede escribirse con tres pulsos mientras bailarines e intérpretes les dan distinta duración y peso. El patrón se aprende mediante el movimiento y el estilo local, no contando tres unidades idénticas. El halling puede acompañar una danza solista de gran exigencia atlética, aunque una buena interpretación es mucho más que la banda sonora de una proeza: los acentos del arco preparan los cambios de peso y los giros.
El violín ordinario resulta igual de importante en las regiones donde el de Hardanger no es el núcleo de la tradición heredada. Trøndelag, Røros, Gudbrandsdal y los distritos septentrionales conservan repertorios y técnicas de arco locales muy arraigados. El mapa violinístico noruego es, por tanto, un conjunto de territorios emparentados, no una jerarquía coronada por un instrumento nacional.
La voz, la danza y el pulso de la vida social cohesionan el ámbito rural
El kveding es una práctica de canto solista directo empleada en stev, baladas, himnos y otros repertorios. La voz puede mostrar consonantes firmes, ornamentos estrechos y alturas que no se ajustan al temperamento igual del conservatorio. No se busca aspereza. Un buen kveder controla la presión, la línea y el relato con tal precisión que un pequeño cambio de vocal puede reorientar la frase.
En Setesdal, el violín de Hardanger, el arpa de boca, la danza, el stev y el stevjing forman una práctica interdependiente. Los stev son breves estrofas de cuatro versos; el stevjing permite que los cantantes las intercambien en diálogo. La música impulsa la danza, los bailarines modifican la energía musical y las voces entran entre los pasajes instrumentales. La UNESCO inscribió esta práctica vinculada en 2019, pero la realidad viva importa más que la distinción: adultos, intérpretes jóvenes y reuniones sociales siguen transmitiéndola.
Sordølen: Slåttar og stev fra Setesdal, de Kirsten Bråten Berg y Hallvard T. Bjørgum, permite oír esa relación. La voz y el violín no ilustran un inventario patrimonial. Articulan el pulso propio de un lugar.
La música de concierto y la música grabada cambiaron la escala de la escucha
Los recopiladores del siglo XIX pusieron por escrito melodías que habían circulado a través de cuerpos y ocasiones. La obra de Olea Crøger merece figurar junto a las colecciones más conocidas de Ludvig Mathias Lindeman. La notación conservó contornos y facilitó nuevas formas de circulación, pero no podía captar por completo la flexibilidad de la altura, la presión del arco ni el tiempo de la danza.
Edvard Grieg transformó materiales seleccionados dentro de la música pianística, de cámara y orquestal. Sus Slåtter, op. 72, siguieron una cadena concreta: el violinista Knut Dahle aportó piezas para violín de Hardanger que se transcribieron antes de que Grieg las reformulara para piano. Hay que escuchar la grave resonancia y los acentos incisivos del piano como un nuevo diálogo con el violín, no como copia transparente de un folclore anónimo.
La radio, los conservatorios, las orquestas, los festivales y los sellos crearon después otras escalas. El saxofón de Jan Garbarek pudo circular por una red jazzística internacional; a-ha entró en la televisión mundial con «Take On Me»; Biosphere convirtió las asociaciones árticas en diseño espacial electrónico; Mayhem y Darkthrone dieron notoriedad internacional a una escena underground violenta. Un relato completo atiende a estas rutas sin confundir la fama exportada con toda la vida musical del país.
Cinco primeras escuchas evitan el estereotipo fácil
Se puede empezar por «Gula Gula», de Mari Boine, y observar cómo la repetición acumula fuerza. Después, «Fanitullen», de Knut Buen, donde la resonancia simpática y el ataque del arco generan densidad. En «Heiemo og nykkjen», de Kirsten Bråten Berg, conviene seguir el relato en vez de buscar un bonito color folclórico.
A continuación, se sitúan la «Balada en sol menor», op. 24, de Grieg, y «Witchi-Tai-To», de Jan Garbarek y Bobo Stenson, una junto a otra. El cierre corresponde a «Eple», de Röyksopp. En menos de una hora, el recorrido atraviesa autoría sámi, saber instrumental rural, balada, forma compuesta, improvisación y producción de estudio. Las transiciones contienen la lección: el mapa musical de Noruega se aclara cuando ninguna pieza carga con la obligación de representarlo.