En qué fijarse al escuchar
El país posee varios centros musicales. Los Santos, Herrera, Coclé y Veraguas mantienen vivos el tamborito, la décima, la mejorana y el típico de acordeón mediante festivales, salones de baile y repertorios familiares. Colón y Portobelo albergan historias de la cultura congo afropanameña y del calipso afroantillano. Bocas del Toro pertenece a otro circuito caribeño. Ciudad de Panamá concentra la radiodifusión, la formación de conservatorio, la salsa, el jazz, el rock, el reggae en español y la producción urbana actual. Guna Yala y los territorios emberá y wounaan conservan sistemas musicales que no deben archivarse bajo la etiqueta de folclore rural.
Comencemos por escuchar el tambor como una conversación. En el tamborito, una voz principal conocida como cantalante lanza una copla. El coro responde mientras las palmas y los tambores crean un entramado para quienes bailan. El repicador puede improvisar y comentar; el pujador cumple una función de apoyo más grave; la caja marca otra capa rítmica. La relación exacta cambia según la práctica regional. Se mantiene una forma de inteligencia social: voz, coro, tambor y baile se escuchan mutuamente.
Escuchemos ahora una mejoranera de cinco cuerdas. Su sonido pulsado es seco e íntimo, más cercano a una habitación que a un desfile. Bajo una décima cantada, las figuras armónicas repetidas sostienen al poeta y dejan espacio suficiente para las palabras. Las cantaderas convierten el verso en encuentro: los cantores responden a un tema con recursos aprendidos de memoria e ingenio improvisador. El instrumento llamado mejoranera, el amplio conjunto de prácticas denominado mejorana y el Festival Nacional de la Mejorana guardan relación, pero no son equivalentes.
Al pasar a la vertiente caribeña cambia el marco. La cultura congo reúne música, danza, teatro, sátira, indumentaria y memoria ritual arraigadas en la historia de las personas africanas esclavizadas y sus descendientes. Si se separa un patrón de tambor de los personajes, la historia y el ciclo festivo, se pierde gran parte de su sentido. El reconocimiento de la UNESCO en 2018 corresponde a un complejo panameño vivo; no tiene relación con el género distinto llamado rumba congoleña en África Central.
La migración afroantillana creó otro universo sonoro. Trabajadores procedentes de Jamaica, Barbados y otras islas del Caribe llegaron para construir el ferrocarril, acometer el intento francés de abrir el canal y, después, participar en el proyecto estadounidense del canal. Con ellos llegaron a Colón, Bocas y Ciudad de Panamá el inglés y los criollos caribeños, además de iglesias, bandas y calipso. Más tarde, Lord Panama y Lord Cobra realizaron grabaciones ingeniosas y bailables en inglés y español, y preservaron la vida de los barrios mediante pequeñas orquestas y conjuntos eléctricos.
El canal dividió tanto como conectó. La Zona del Canal, bajo control estadounidense, organizó la vivienda, el trabajo y la ciudadanía conforme a una jerarquía racial. Los trabajadores negros de las Antillas y sus descendientes sufrieron discriminación mientras sostenían escuelas, iglesias, redes de ayuda mutua y música. El jazz y el calipso de las ciudades terminales no pueden narrarse como un alegre subproducto del comercio mundial. Crecieron dentro de una modernidad desigual.
Las músicas indígenas exigen cambiar de perspectiva una vez más. Los pueblos guna, emberá, wounaan, ngäbe y buglé no son trajes regionales dentro de un único espectáculo folclórico nacional. Sus lenguas, territorios, ceremonias y autoridades son diferentes. Una colección de Folkways de 1983 conserva los nombres de cantantes e instrumentistas guna y emberá, entre ellos Christina Acosta, Wilfredo Morris, Ana Donsoles y Demetio Apochito. La grabación es un encuentro histórico condicionado por quien la recopiló, pero los nombres permiten comenzar por las personas y no por un anónimo «sonido tribal». Esta historia no termina en el archivo. Banda la Tribu, grupo de rock de Guna Yala, lleva la lengua guna, sus instrumentos y las inquietudes del presente a una formación amplificada. «Mi Gente», publicada con La Tulpa Raymi en 2026, es una obra actual de circulación pública, no un sustituto del conocimiento ceremonial.
El típico de acordeón se convirtió en una poderosa música bailable de alcance nacional sin perder su identidad provincial. El acordeón aporta melodía y ornamento; la churuca, la percusión, el bajo y las voces impulsan el baile. Dorindo Cárdenas, Yin Carrizo, Victorio Vergara, Osvaldo Ayala, Ulpiano Vergara y Samy y Sandra Sandoval pertenecen a generaciones y estéticas de conjunto distintas. Llamar folclore a todo este campo pasa por alto sus circuitos comerciales, su amplificación y la celebridad de sus principales figuras.
Panamá también transformó la música popular mundial. Rubén Blades escribió relatos urbanos dentro de la salsa neoyorquina y, más adelante, trabajó con la orquesta panameña de Roberto Delgado. Danilo Pérez construyó un lenguaje jazzístico que enlaza la improvisación con la memoria latinoamericana. Renato, Nando Boom y El General adaptaron riddims jamaicanos de dancehall a la interpretación de deejay en español. Su trabajo contribuyó a trazar rutas que artistas y productores puertorriqueños desarrollaron después en la configuración del reguetón.
La palabra plena puede dar lugar a confusiones. En Panamá suele designar el reggae en español local y la música derivada del dancehall, no la tradición puertorriqueña de plena con tambores de pandereta. El contexto determina el significado. La misma cautela se aplica a la cumbia: las cumbias panameñas poseen historias regionales y vínculos específicos con el típico; no son intercambiables con todas las cumbias colombianas o comerciales.
Una primera hora de escucha debe poner el acento en el contraste. Escuche el tamborito «El Perote» de Lucy Jaén para percibir la autoridad de la llamada y la respuesta. Pase a «Colón, Colón» de Lord Cobra y su crónica urbana caribeña. Después, reproduzca «Panama 2000» de Danilo Pérez y «Otro Trago» de Sech. Las cuatro grabaciones ocupan espacios, lenguas y sistemas de producción diferentes. Juntas permiten oír Panamá como un país cuyos centros musicales han sido forjados por sus comunidades, no como un corredor pasivo.