Capítulo 05
Trova, bolero, filin y canciones que sobreviven a sus instituciones
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La trova comienza con un compositor y un instrumento, pero su historia es social: los cantantes viajaron, intercambiaron canciones y trabajaron en los circuitos de Santiago, La Habana y otros lugares. María Teresa Vera es indispensable. Su «Veinte años», escrita por Guillermina Aramburu, convierte una melodía contenida en un recuerdo devastador. La guitarra y la voz de Vera no necesitan una orquesta que certifique su importancia.
En qué fijarse al escuchar
Trío Matamoros vinculó trova, bolero y son en un formato vocal e instrumental hecho para las giras y la grabación. Sus armonías son pulidas, pero el tres mantiene la música ligada al baile. La diferencia entre la interpretación íntima de Vera y el oficio del conjunto de Matamoros permite entender la amplitud del término «trova».
El bolero es un arte del tiempo
El bolero cubano viajó por toda América Latina. Su lenguaje armónico y sus temas románticos llegaron a ser tan familiares que invitan al cliché. Los grandes intérpretes vencen el cliché mediante el manejo del tiempo.
Bola de Nieve, pianista y cantante, podía retrasar una frase hasta hacerla parecer dicha en privado. Escuche «Ay amor». Su voz áspera y expresiva rechaza la expectativa de un tono romántico terso. Elena Burke, figura central en la interpretación del filin, aportó otro grado de intimidad ante el micrófono y libertad rítmica.
El filin, cuyo nombre procede del inglés feeling, se desarrolló entre compositores y cantantes influidos por la armonía del jazz y los espacios de escucha íntima. No abandonó la canción cubana; alteró los acordes, el fraseo y la relación entre cantante y micrófono.
Nueva trova y el escenario revolucionario
Después de 1959 se ampliaron la educación musical, los sellos estatales y las instituciones culturales. Esas instituciones también condicionaron lo que podía grabarse, presentarse en gira y criticarse. El movimiento de la nueva trova puso la canción de autor en diálogo con la revolución, la nueva canción latinoamericana, la poesía y la política internacional.
Silvio Rodríguez y Pablo Milanés son los dos nombres más famosos, pero no representan una sola voz. «Ojalá», de Rodríguez, construye imágenes enigmáticas sobre una guitarra; sus lecturas políticas no agotan la canción. «Yolanda», de Milanés, es melódicamente directa e íntima. En Milanés siguen oyéndose sus raíces en el filin.
Ambas trayectorias se desarrollaron en la Cuba revolucionaria y atravesaron después desacuerdos, viajes y complejidades institucionales. El lector gana poco si clasifica cada canción como leal o disidente. Hay que fechar la obra, escuchar las palabras y observar quién controlaba la grabación y la circulación.
Celina, Daymé y el largo linaje de las autoras
Celina González unió la canción rural, el estilo guajiro y el imaginario sagrado en una carrera pública. María Teresa Vera fue guitarrista, cantante e intérprete y ocupó un lugar central en la música popular cubana temprana. Elena Burke dio forma al filin. Daymé Arocena emplea hoy técnica jazzística, canción cubana y referencias afrocubanas en una carrera transnacional. Telmary escribe rap y poesía hablada con otra clase de autoridad rítmica.
No se debe agrupar a estas mujeres por el mero hecho de serlo. Sus obras pertenecen a las historias de la canción rural, la trova, el filin, el jazz y el hiphop. La categoría solo resulta útil para mostrar hasta qué punto las listas canónicas han vuelto invisibles distintas formas de autoría.