Capítulo 06
Conflicto, rock, rap y el sonido del presente
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La música durante el conflicto armado interno
El conflicto armado interno de Guatemala duró desde 1960 hasta los Acuerdos de Paz de 1996. La violencia no se distribuyó de manera uniforme. Las comunidades mayas sufrieron masacres, desplazamientos forzados, desapariciones y campañas que una comisión de esclarecimiento histórico identificó como actos de genocidio en regiones concretas. Los músicos vivieron ese peligro como ciudadanos, organizadores, testigos, blancos de la represión y exiliados.
El archivo de la memoria menciona grupos como El Caminante, Amanecer, Xequijel, Canto Solidario, Arsella, SOS y Kin-Lalat, además de Canto General, Grupo Jornal y artistas individuales. Las canciones comunicaron posiciones revolucionarias, sociales y antirrevolucionarias. Algunos músicos sufrieron censura y detención; otros salieron del país. José León Díaz Bermudes, de Voces Nuevas, fue asesinado por las fuerzas de seguridad del Estado en 1980.
Los audios conservados de Kin-Lalat ofrecen un punto de partida firme porque sus canciones surgieron de acontecimientos del conflicto y el propio grupo sufrió persecución política. No deben usarse como banda sonora de un párrafo genérico sobre el sufrimiento. Hay que escuchar las letras, la manera de dirigirse al público, las decisiones del conjunto y los riesgos que implicaba hacer una declaración pública.
La memoria continuó después de 1996. Los testimonios comunitarios, el trabajo forense, el teatro, los murales, el hiphop y la canción siguen disputando el silencio. La música no puede reparar la pérdida por sí sola. Puede preservar nombres, mantener una pregunta política en el espacio público y permitir que el dolor o la rabia se compartan sin homogeneizar las experiencias.
El rock construyó varios públicos guatemaltecos
Las historias del rock guatemalteco incluyen bandas como Plástico Pesado y Apple Pie, el alcance progresivo y de raíz popular de Alux Nahual, y escenas posteriores en torno a Bohemia Suburbana, La Tona, Viernes Verde y Ricardo Andrade. Ni todas sonaban igual ni ocupaban la misma posición política. Las une la construcción de públicos locales para el rock mediante conciertos, radio, casetes, producción independiente y giras regionales.
Alux Nahual se convirtió en una gran referencia centroamericana al combinar arreglos de rock eléctrico con letras capaces de abordar el paisaje, la identidad y la inquietud social. Bohemia Suburbana aportó un vocabulario más oscuro de rock alternativo y una sólida cultura de conciertos. Viernes Verde ayudó a hacer visibles los festivales y las redes juveniles más allá de las actuaciones aisladas en clubes. La obra y la muerte de Ricardo Andrade conservan una profunda importancia emocional para mucha gente en Guatemala.
La capital tenía la infraestructura mediática más densa, pero el rock no se quedó allí. Las bandas actuaron en Quetzaltenango, Totonicapán, Sololá y toda Centroamérica. Los grupos locales de homenaje y versiones también son parte de la ecología de una escena: forman músicos, mantienen espacios para la música en directo y crean el público que después escucha obra original.
Aj B’atz Rock cambia de nuevo el encuadre. Fundado por Benigno Simón en San José Poaquil, el grupo canta en kaqchikel y español y combina instrumentos de rock con marimba, chirimía, tambor y caparazones de tortuga. “Chilapa majuuyu” no es valiosa porque añada color indígena al rock. Demuestra que el kaqchikel puede expresarse con amplificación, dirigirse a la juventud y sostener la experimentación compositiva.
Las mujeres cambian quién puede narrar el país
Sara Curruchich creció en San Juan Comalapa y escribe en kaqchikel y español. Sus álbumes Somos y Mujer Indígena enlazan folk, rock, cumbia y reggae con memoria comunitaria. En “Junam”, el ritmo es lo bastante inmediato para convocar al público de un festival, mientras la lengua sitúa a quienes hablan kaqchikel dentro de la interpelación y no fuera de un marco explicativo. El trabajo de Curruchich por los derechos de las mujeres y la memoria histórica forma parte de su arte, pero las canciones también deben escucharse como canciones: importan la melodía, la textura de la voz, el arreglo y el aliento.
Rebeca Lane emplea de otra manera la franqueza del hiphop. El rap permite que la sintaxis empuje contra el pulso, nombra la violencia sin suavizarla hasta volverla metáfora y convierte una frase repetida en respuesta colectiva. “Ni una menos” enlaza la lucha feminista guatemalteca con un movimiento que se escucha en toda América Latina. La sociología, el activismo y la historia familiar de Lane alimentan la obra; la rima, el fraseo y el dominio del escenario la hacen música.
Gaby Moreno abre otra ruta a través de la migración. Nació en la Ciudad de Guatemala, vive en Los Ángeles, escribe en español e inglés y se nutre del blues, el jazz, el folk y las primeras épocas de la grabación popular. Su versión de “Luna de Xelajú” no se limita a modernizar una pieza consagrada. La voz, la guitarra y la producción transnacional muestran cómo una canción puede llevar consigo a Xela, pasar por otra educación musical y volver con su centro emocional intacto.
No conviene agrupar a estas artistas simplemente como «voces femeninas». El público kaqchikel de Curruchich, la práctica rapera de Lane y la canción bilingüe de Moreno resuelven problemas artísticos diferentes. Reunirlas resulta útil porque cada una asume la autoría de un relato guatemalteco que los cánones antiguos solían adjudicar a compositores varones o a comunidades anónimas.
La música experimental y el derecho a no sonar nacional
Mabe Fratti nació en Guatemala y se formó como violonchelista, cantante y compositora antes de convertirse en figura central de la escena experimental de la Ciudad de México. En Será que ahora podremos entendernos, el violonchelo alterna entre la caja resonante de la cuerda, el ruido amplificado, la línea lírica y la interrupción abrasiva. La voz puede situarse junto al instrumento, no por encima de él. El silencio es estructural, no vacío.
Fratti importa en el paisaje musical de Guatemala precisamente porque su música no anuncia una nacionalidad. En su trayectoria confluyen la migración, la formación clásica, la música cristiana, la improvisación, la electrónica y la colaboración. Cualquier relato que solo admita marcas folclóricas reconocibles excluiría a algunas de las artistas más aventuradas del país.
El mismo principio vale para productores de electrónica, bandas de metal, músicos de jazz y compositores que crean desde casa cuyo público puede ser internacional antes de quedar documentado en el país. La Guatemala actual no comienza donde termina la tradición. Es el lugar donde hoy se dialoga con cada instrumento, lengua e institución heredados.
Guatemala ahora: seis discos de 2025 y 2026
Xtis — “Los Cuatro Elementos de la Cultura Maya” (2025) aparece en Soy Medicina, su primer álbum de larga duración. Xtis es cantante y terapeuta tradicional del territorio mam de Guatemala, y el disco transita entre mam y español. Escuche cómo la voz y el arreglo contemporáneo sostienen el relato de una mujer sobre memoria y sanación sin exigirle a la canción que represente a todas las comunidades mam.
Gaby Moreno — “LAMENTO” (2025) trabaja con otra escala de producción. El dominio del grano vocal, la respiración y el fraseo marcado por el blues conserva la intimidad de la canción, aunque forme parte de una carrera discográfica transnacional. Rebeca Lane — “Pedazos De Mi” (2025) se vuelve hacia dentro mediante el rap: lejos de la consigna colectiva de “Ni una menos”, el sencillo más reciente da a la fractura y la reconstrucción personal un ritmo cercano, en primera persona.
Para escuchar la guitarra actual, ponga The Lilas — “El Dorado” (2025), del periodo Vaquero Tropical del proyecto de la Ciudad de Guatemala. La reverberación, la guitarra surf y el espacio de película del Oeste crean un paisaje imaginado, no un panorama nacional. Pase luego a Titanic — “Lágrima del sol” (2025), tema inicial de Hagen, obra de Mabe Fratti y Héctor Tosta. Palmas, guitarra distorsionada, batería inestable, violonchelo y una línea vocal suave cambian una y otra vez el centro de gravedad de la canción.
Termine con Magda Angélica — “Voy” (2026). La cantautora guatemalteca presenta el envejecimiento y el cambio personal como una liberación de las expectativas heredadas que pesan sobre las mujeres. Su declaración vocal medida ofrece un punto de llegada contemporáneo muy distinto del espectáculo del rock o el ruido experimental. Ninguna de estas seis grabaciones resume Guatemala; juntas revelan cuántas músicas estaban vivas en 2025 y 2026.
Dónde escuchar música hoy
En la Ciudad de Guatemala, consulte la programación vigente del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, el Conservatorio Nacional Germán Alcántara, los espacios culturales de la Universidad de San Carlos, los teatros independientes y los locales con música en directo. En una misma semana, la ciudad puede ofrecer marimba de concierto, música sinfónica, rock, jazz, rap y artistas de gira. Compruebe la programación en vez de confiar en listas antiguas de recintos.
Quetzaltenango ofrece la ruta más sólida hacia la historia de la marimba, los conjuntos locales y una escena contemporánea del occidente. Busque la programación cultural municipal y los actos ligados a la feria de septiembre, pero cuente con que los horarios pueden cambiar. Alrededor del lago de Atitlán y en pueblos del altiplano, las fiestas patronales pueden incluir chirimía, tambor, marimba y drama danzado. Asista como invitado y preste atención a la gente y la ocasión, en lugar de querer documentarlo todo.
Rabinal es el destino para el Rabinal Achí, especialmente alrededor del 25 de enero, cuando esté confirmada una representación pública. Livingston abre la ruta a los grupos garífunas y la vida musical del Caribe. En todos los lugares, la pregunta más útil sigue siendo local y cortés: ¿quién toca esta noche y qué clase de acontecimiento es?