Capítulo 01
Escuchar Guatemala como un mapa musical
7 minutos de lectura
Empezar con cinco sonidos bien distintos
Escuche “Ferrocarril de los Altos”, de Marimba Chapinlandia. Las teclas responden con un ataque limpio y redondo, pero la sensación rebasa con mucho el golpe de los bolillos sobre la madera. Varios intérpretes se reparten la melodía, la armonía interior y el bajo a lo largo de un solo instrumento, mientras la batería y el contrabajo afianzan el movimiento. La composición de Domingo Bethancourt convierte el ferrocarril del occidente guatemalteco en memoria pública: los temas aceleran, llegan y vuelven a partir. Es marimba moderna de autor, no la supervivencia anónima de un pasado intacto.
Después, escuche “Pito, Chirimía and Big Drum in Procession”, grabada con músicos ixiles en Nebaj en 1964. Los instrumentos de viento no se comportan como un solo de concierto suspendido sobre un acompañamiento discreto. Su timbre estrecho y penetrante está hecho para proyectarse al aire libre. El tambor sostiene el paso de los cuerpos. Las frases regresan porque una procesión necesita continuidad; las pequeñas variaciones de aliento y ataque hacen que esa continuidad siga siendo humana.
Como tercera elección, busque la grabación histórica de Rabinal Achí por P. Socub, E. Xolop y G. Hernandez. El tun y las trompetas forman parte de un drama danzado donde palabra, máscaras, movimiento, memoria política y relación con los antepasados no pueden separarse en artes independientes. El audio conservado invita a conocer todo lo que contiene la representación comunitaria; no es un sustituto portátil de ella.
Luego desplácese a Livingston y al álbum Ibimeni: Garifuna Traditional Music from Guatemala. Los dos tambores asumen funciones diferenciadas. Uno grave sostiene la danza y el más agudo responde con repiques; el canto y el movimiento completan la estructura. La lengua, la danza y la música son garífunas y atraviesan las fronteras actuales de Belice, Honduras y Nicaragua. Guatemala es uno de los hogares de esa historia caribeña más amplia.
Por último, escuche “Junam”, de Sara Curruchich. Un impulso de cumbia y reggae lleva la letra en kaqchikel, la lengua materna de Curruchich. Los colores eléctricos y acústicos no vuelven menos arraigada la lengua. Abren un espacio público contemporáneo en el que una mujer indígena puede hablar de comunidad, dignidad y solidaridad en sus propios términos.
Estas cinco grabaciones bastan para desarmar la idea de una esencia nacional. Conviene acercarse a Guatemala como a una red de municipios musicales. Las fiestas de los pueblos convocan a intérpretes de localidades vecinas. Ríos, carreteras y migraciones enlazan el altiplano, la capital, el Caribe y la diáspora. Un canon nacional de marimba hace circular topónimos por todo el país, mientras el sonido de una marimba en una cantina chuj o en una danza ixil se mantiene obstinadamente local.
El mapa cambia cuando las lenguas se hacen oír
El español domina la radio, el turismo y la información pública más fácil de encontrar, pero es solo una de las lenguas de la música guatemalteca. El país reconoce veintidós idiomas mayas, además del xinka y el garífuna. El k’iche’, el kaqchikel, el q’eqchi’, el mam, el q’anjob’al, el tz’utujil, el ixil, el chuj, el ch’orti’, el achi y las demás lenguas no componen un coro indígena decorativo. Cada una tiene hablantes, territorios e instituciones, un acceso desigual a la grabación y su propia historia de adaptación.
El archivo de la década de 1960 permite oír parte de esas diferencias. En San Pedro La Laguna, músicos tz’utujiles combinan marimba y clarinete, y luego chirimía y tambor. En Todos Santos Cuchumatán, interpretaciones de marimba mam comparten el campo sonoro de la fiesta grabada con duetos vocales ladinos. En San Mateo Ixtatán, músicos chuj tocan marimba en una cantina y en la iglesia, mientras violinistas y guitarristas q’anjob’ales de Santa Eulalia recorren mercados, restaurantes y lugares de bebida. Los instrumentos viajan, pero los intérpretes no pierden su identidad porque un recopilador los haya reunido en un mismo disco.
El kaqchikel tiene una visibilidad especial en la canción contemporánea. Sara Curruchich alterna entre kaqchikel y español; Aj B’atz Rock une la lengua con guitarras eléctricas, batería, marimba, chirimía y percusión de caparazón de tortuga. Eso no convierte al kaqchikel en representante musical de todos los pueblos mayas. Muestra lo que ocurre cuando una lengua se trata como medio de invención y no como reliquia protegida tras una vitrina.
El garífuna pertenece a otra historia. Es una lengua arahuaca moldeada por la experiencia afroindígena del Caribe, el desplazamiento y el asentamiento costero. En Livingston, las canciones ayudan a transmitir vocabulario, memoria, espiritualidad y saber social entre generaciones y a través de la migración. Llamar «música maya» a toda interpretación que no esté en español borraría por completo esta costa. La presencia musical xinka es menor en los catálogos nacionales; conviene dejar visible esa laguna en lugar de llenarla con pruebas tomadas de una población vecina.
La geografía es más que capital y provincia
La Ciudad de Guatemala reúne conservatorios, teatros, emisoras, estudios, locales de rock, redes de hiphop y la mayor concentración de medios nacionales. Es imprescindible, pero no puede hablar por todo el país. Quetzaltenango, llamada a menudo Xela, ocupa un lugar central en la historia de la marimba cromática y en composiciones como “Luna de Xelajú”. Chichicastenango, Totonicapán y los pueblos que rodean el lago de Atitlán mantienen calendarios festivos y combinaciones instrumentales propios. Huehuetenango contiene mundos municipales mam, chuj, q’anjob’al y de otros pueblos, cuyas rutas musicales se cruzan sin volverse intercambiables.
Las Verapaces exigen otra escala de escucha. Cobán es conocida en todo el país por la composición de Bethancourt, pero Alta Verapaz también es territorio q’eqchi’ y poqomchi’, con lugares sagrados rurales, fiestas patronales y una representación archivística desigual. En Baja Verapaz están Rabinal y los custodios achi del Rabinal Achí. Decir «las Verapaces» resulta útil para viajar; es demasiado amplio para atribuir una interpretación.
El oriente se abre hacia Chiquimula, Zacapa y la región ch’orti’. Una grabación de marimba pequeña hecha en Jocotán no puede representar todo el corredor, pero le da al oriente un punto humano y audible. El departamento caribeño de Izabal comprende Livingston y Puerto Barrios, el trabajo marítimo, la migración y la vida musical garífuna. Los departamentos del Pacífico aportan puertos, trabajo agrícola, repertorio de marimba y composiciones como “Noches de Escuintla”. Petén mira hacia Belice y México y posee historias culturales que no encajan sin más en un relato nacional centrado en el altiplano.
Una orientación histórica concisa
La música estuvo presente en la corte, el rito y la vida pública maya mucho antes de la invasión española, pero ninguna interpretación moderna debe presentarse como si hubiera permanecido intacta desde el mundo precolonial. Las iglesias coloniales introdujeron y transformaron la notación, los coros y los instrumentos europeos. Compositores como Hernando Franco, Pedro Bermúdez y Gaspar Fernández trabajaron en redes catedralicias que enlazaban Guatemala con la Nueva España. Al mismo tiempo, las comunidades locales reelaboraron instrumentos importados y calendarios católicos desde sus propias autoridades y estéticas.
La historia de la marimba presenta una complejidad similar. En ella confluyen las historias africanas del xilófono, el oficio y el repertorio indígenas, la circulación colonial y las instituciones ladinas. Hacia el cambio del siglo XIX al XX, constructores y músicos desarrollaron un instrumento cromático de doble teclado capaz de abordar un amplio repertorio de autor. Sebastián Hurtado y Julián Paniagua están asociados al importante desarrollo de Quetzaltenango presentado públicamente a comienzos del siglo XX. Más tarde, la radio, las bandas cívicas, las escuelas, los conjuntos estatales y la grabación comercial contribuyeron a crear un canon nacional de marimba.
El conflicto armado interno, de 1960 a 1996, destrozó comunidades y produjo violencia estatal a una escala catastrófica, sobre todo contra la población maya. Hubo músicos censurados, encarcelados, asesinados o empujados al exilio; las canciones también llevaron testimonios, organización y mensajes políticos contrapuestos. Esa historia no debe convertirse en ambiente sonoro. Cuando Kin-Lalat u otro grupo de la época aparece en el relato, importan los nombres, las consecuencias y la diferencia entre arte y prueba histórica.
En el presente conviven todos esos tiempos. Las escuelas de marimba enseñan el repertorio nacional. Los músicos municipales cumplen sus compromisos festivos. Educadores garífunas emplean el canto para preservar la lengua. El rock, el rap, el blues, el jazz, la producción electrónica y la composición experimental circulan por la Ciudad de Guatemala y cruzan fronteras. Por eso, la mejor primera pregunta es sencilla: ¿dónde suena esta música y quién hace que cobre sentido?