Capítulo 03
Pueblos mayas: chirimía, tun, son y tiempo de fiesta
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Seguir el calendario patronal
En muchos pueblos guatemaltecos, el calendario musical más revelador no es una lista de lanzamientos. Es el ciclo de santos patronos, procesiones, responsabilidades de las cofradías, mercados, celebraciones eclesiásticas, bailes de máscaras y reuniones familiares. Los músicos pueden tocar mientras caminan, frente a una puerta, dentro de una iglesia, junto a los danzantes o en una cantina después de los actos formales. El sentido cambia con el recorrido.
Las grabaciones hechas en Nebaj en 1964 muestran las distintas capas de ese día. Músicos ixiles tocan pito, chirimía y tambor grande en procesión. Dos hombres mayores cantan mientras avanza la comitiva. Suena una marimba y otro grupo acompaña el Baile Vaquero. Ninguna de estas piezas es por sí sola «la música de Nebaj». Juntas revelan cómo una misma fiesta contiene varias zonas acústicas y distintas formas de autoridad.
La chirimía es un instrumento de viento de doble lengüeta y timbre brillante y compacto. De cerca puede parecer áspero, pero al aire libre esa intensidad tiene una función práctica. El intérprete debe sostener el aire, controlar la afinación y repetir frases mientras se desplaza. El tambor aporta continuidad y escala pública. La pareja puede anunciar la llegada de una procesión antes de que esta aparezca a la vista.
En San Juan La Laguna y San Pedro La Laguna, distintas grabaciones documentan la chirimía y el tambor en contextos k’iche’ y tz’utujil. La combinación compartida es real; no lo es la conclusión de que las interpretaciones sean culturalmente idénticas. Importan el pueblo, la lengua, el santo, el recorrido y los músicos. Una buena escucha compara los ataques y el contorno de las frases sin caer en la tentación de inventar una tradición panmaya.
El tun es una voz de madera, no un tambor genérico
El tun se fabrica a partir de un tronco ahuecado en cuya madera se cortan lengüetas o superficies sonoras. Golpeado con baquetas acolchadas, produce una resonancia grave y seca, con relaciones definidas de altura. En el drama danzado puede establecer la base rítmica de las trompetas, el movimiento y la palabra. En algunos pueblos también ha servido para anunciar reuniones o actos públicos.
Su fuerza depende tanto de su lugar en el acontecimiento como de su volumen. Durante el Rabinal Achí, los golpes del tun pertenecen a un drama político y ancestral. En otros bailes, el instrumento guía una narración distinta. En Totonicapán, la documentación local relaciona el tun y la chirimía con ferias, la Semana Santa y los cambios de autoridades ancestrales. Una misma tecnología de madera entra en acuerdos cívicos y sagrados diferentes.
El caparazón de tortuga, el tambor, la flauta, el pito, el violín, la guitarra, el clarinete y la marimba amplían estos conjuntos de los pueblos. Sus historias son mixtas. Algunos instrumentos tienen precedentes precoloniales; otros llegaron por vías coloniales o posteriores. El sentido actual no está encerrado dentro de un instrumento a la espera de que su origen lo descifre. Lo determinan quién puede tocarlo, qué acto está en curso, en qué lengua se lo nombra y cómo responde la gente.
San Mateo Ixtatán: una fiesta, varios públicos
Las grabaciones de San Mateo Ixtatán resultan especialmente valiosas porque se resisten a un escenario ordenado. Músicos chuj interpretan tres piezas sucesivas de marimba en una cantina. Una mujer chuj de edad avanzada reza dentro de la iglesia. Otra mujer canta en un establecimiento de bebidas. Dos marimbas suenan en el templo y músicos chuj tocan tambor y chirimía. Violinistas y guitarristas q’anjob’ales de Santa Eulalia circulan por el mercado, los restaurantes y las cantinas.
Es la vida musical como superposición de acciones públicas y privadas. La oración no es un interludio pintoresco entre pistas instrumentales, sino una mujer que moldea el tiempo sagrado con su propia voz. La canción de la cantina no debe reducirse a la descripción que hizo el recopilador sobre la embriaguez. Los músicos callejeros visitantes no son turistas ni representantes automáticos del pueblo anfitrión; participan en una economía regional de la interpretación.
Las dos marimbas dentro de la iglesia son particularmente elocuentes. Complican la costumbre de asignar la música europea al espacio católico y los instrumentos «tradicionales» al espacio maya. Las comunidades locales llevan siglos organizando estas relaciones. Lo que desde lejos parece sincretismo puede ser, desde dentro, algo cotidiano y regido con gran precisión.
El drama danzado hace visible la música
Un baile puede ser una danza social, pero también una obra teatral con máscaras, diálogos y personajes conocidos. El Baile Vaquero, el Baile del Venado, el Baile de la Conquista, el Baile de Ajitz y el Baile de las Canastas no son variantes de un solo espectáculo folclórico. Cada uno aporta su propia historia y coreografía, y un pueblo puede interpretar de manera particular un material heredado.
El Baile de las Canastas de Chajul está asociado a un relato ixil sobre el descubrimiento del maíz. En la grabación histórica, el tun y las trompetas no ilustran la agricultura desde un costado; marcan el paso de una narración representada. El final registrado por separado importa porque permite que el drama llegue a un destino. Un fragmento de dos minutos no puede revelar esa arquitectura.
El Baile de la Conquista pone en escena el encuentro colonial. Que siga representándose no demuestra la aceptación del relato del conquistador. Las comunidades pueden conservar, redirigir, parodiar o habitar críticamente una forma transmitida bajo relaciones de poder desiguales. La interpretación más prudente parte de los artistas locales y la ocasión, en vez de atribuir un mensaje político fijo a partir del título.
Las voces cotidianas evitan una historia monumental
Los archivos suelen favorecer los instrumentos sonoros, las máscaras elaboradas y los símbolos nacionales. Las grabaciones de Guatemala también contienen silbidos, tarareos y canciones infantiles de Ana y Juan Ramírez. Estas interpretaciones íntimas importan porque la cultura se aprende en cocinas, calles y pausas, además de los escenarios oficiales.
El tarareo de Ana Ramírez elimina el significado léxico y deja el contorno, la respiración y la secuencia recordada. Su silbido produce melodía sin un instrumento que pueda guardarse en una colección. Las canciones breves de Juan Ramírez conservan la escala y la cadencia vocales de un niño. Ninguna debe cargar con la obligación de representar a un pueblo. Juntas devuelven el cuerpo cotidiano a una historia que, de otro modo, estaría abarrotada de instituciones.
La lección alcanza la práctica contemporánea. Una lengua no sobrevive solo mediante programas formales de preservación, sino porque la gente la usa para bromear, rezar, enseñar, coquetear, protestar y escribir canciones nuevas. Por eso, el repertorio en kaqchikel de Aj B’atz Rock tiene una continuidad importante con el archivo festivo: ambos hacen audible la lengua en el tiempo social. Las guitarras no son una ruptura. Son otra habitación en la que una comunidad puede escucharse.