Capítulo 01
Kazajistán no es una estepa interminable
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Cuatro salas muy distintas para empezar
En la primera sala, una intérprete de dombra está sentada a solas. El instrumento tiene dos cuerdas, pero la interpretación nunca parece pobre en armonía. La mano derecha impulsa una corriente de rasgueos mientras la izquierda salta entre registros, inserta ornamentos en la línea y cambia el peso de las figuras repetidas. La pieza es un kuy: una composición instrumental con título, historia de transmisión y una intérprete cuya pulsación forma parte de su identidad. Ella no pone música a un paisaje. Cuenta una historia sin palabras.
En la segunda sala, dos akyn se enfrentan ante el público. Cada cual sostiene una dombra, pero ahora el instrumento enmarca poesía improvisada. Un cantante lanza una estrofa; el otro debe responder casi de inmediato a su sentido, rima, ritmo y desafío social. La risa puede señalar un giro logrado. El silencio puede indicar que un verso ha dado en el blanco. Esto es el aitys, un certamen donde el pulso musical y la agilidad intelectual son inseparables.
La tercera sala es un teatro de ópera. Una producción en kazajo de Kyz Zhibek reúne solistas, coro y orquesta en una obra estrenada en Almaty en 1934. La materia poética popular entró en el teatro moderno mediante un libreto, una partitura compuesta, un sistema de ensayos y generaciones de interpretaciones. El sonido no es una tradición oral intacta ni una forma europea importada. Es fruto de una historia institucional concreta.
La cuarta sala es un estudio. Ninety One construye una canción con ritmo programado, papeles vocales muy diferenciados y letras en kazajo pensadas para circular entre auriculares, coreografías de vídeo y grandes multitudes. El grupo contribuyó a dar proyección pública al nombre Q-pop, pero su éxito no demuestra que el Kazajistán moderno se limitara a sustituir la tradición por el pop global. Muestra cómo una nueva generación puede reorganizar la lengua, el estilo, las comunidades de seguidores y la producción.
Estas salas no son peldaños en una escalera de lo antiguo a lo nuevo. El kuy sigue siendo una disciplina viva. El aitys aborda la actualidad. Las puestas en escena operísticas continúan cambiando. Los artistas de Q-pop citan, rechazan y reformulan ideas anteriores sobre la identidad kazaja. La música de Kazajistán surge de la convivencia de estas historias, no de la elección de una como sonido oficial.
Almaty reúne la mayor concentración de archivos musicales del país y es uno de sus centros contemporáneos más activos. El Conservatorio Kurmangazy, la Ópera Abai, el Museo Ykhlas de Instrumentos Musicales Populares, las salas de ensayo, los estudios y los escenarios independientes permiten pasar de una dombra antigua a una nueva sesión de electrónica en un solo día. La importancia de la ciudad es indudable, pero Almaty no es sinónimo de Kazajistán.
Astana posee una red institucional de otro calibre. La Ópera de Astana, las organizaciones nacionales de conciertos, las universidades de artes y los grandes actos estatales dan a la capital un escenario público de enorme peso. Las regiones occidentales conservan influyentes linajes de kuy tökpe asociados a figuras como Kurmangazy, Dauletkerey, Dina Nurpeisova y Kazangap. El centro de Kazajistán y el ámbito cultural de Arqa están estrechamente vinculados con Tattimbet y la interpretación shertpe. Mangystau, el corredor del Sir Daria, Zhetisu, Kazajistán Oriental y las ciudades del sur complican cualquier división sencilla del país en dos escuelas.
La geografía también es movimiento. La historia musical kazaja trasciende las fronteras actuales y se extiende por China, Mongolia, Kirguistán, Uzbekistán y Rusia. Korkyt Ata pertenece a un mundo épico túrquico más amplio. El aitys se comparte con Kirguistán. Las comunidades uigur, coreana, rusa, tártara, dungana y otras han construido vidas musicales dentro de Kazajistán. Las instituciones soviéticas conectaron a artistas de distintas repúblicas; a veces facilitaron la formación y la grabación, aunque también limitaron las lenguas y formas que recibían respaldo oficial.
La pregunta útil, por tanto, no es «¿a qué suena Kazajistán?», sino «¿qué parte de Kazajistán, qué comunidad, qué ocasión y qué grabación estoy oyendo?». Esa pregunta ofrece una respuesta más rica sin convertirse en una lección de geografía.
El kazajo y el ruso conducen a archivos distintos
El kazajo ocupa un lugar central en la terminología del kuy, el aitys, las formas poéticas orales, el canto nupcial y buena parte de la música independiente actual del país. Las palabras küyshi, tökpe, shertpe, zhyrau, terme y betashar encierran historias que se desdibujan al reducirlas a «músico folclórico», «estilo», «bardo» o «canto nupcial». Traducir sigue siendo útil, pero debe servir de entrada, no ocupar el lugar de la experiencia.
El ruso conserva su importancia en la documentación de los conservatorios, los estudios de época soviética, la radiodifusión, la música popular urbana y las carreras de artistas cuyo público abarca el antiguo espacio soviético. Algunos músicos publican en ambas lenguas. Otros trabajan sobre todo en kazajo, ruso o inglés. En un mismo programa internacional, Dimash Qudaibergen puede cantar en varios idiomas. La trayectoria de Jah Khalib, vinculada a Almaty, llegó a un público muy amplio mediante el rap y el pop en ruso. La elección lingüística puede señalar intimidad, mercado, educación, generación o postura artística; nunca es solo una categoría de catálogo.
Las lenguas comunitarias importan incluso cuando tienen menos presencia en los catálogos nacionales. Una actuación de muqam uigur en Almaty no debe tratarse como una variación pintoresca de la música kazaja. Se inscribe en la tradición musical uigur y, al mismo tiempo, forma parte del paisaje cultural cotidiano de Kazajistán. El mismo cuidado corresponde a los repertorios coreanos, tártaros, dunganes y rusos.
Escuchar el instrumento antes que el símbolo
La dombra se ha convertido en emblema nacional, algo que puede llevar al público a dejar de escucharla. Su cuerpo piriforme y su mástil largo aparecen en logotipos, monumentos, aulas y celebraciones oficiales. Sin embargo, la cuestión musical comienza en la acción. ¿La mano derecha impulsa un torrente continuo o deja aire entre los gestos? ¿La izquierda vuelve una y otra vez al registro grave, salta hacia arriba o transforma una figura repetida solo mediante el acento? ¿El intérprete sigue un linaje regional reconocido? ¿Qué historia acompaña al kuy y quién le enseñó esta versión?
El kobyz padece otra clase de simbolismo. Suele presentarse por medio de Korkyt, los chamanes y una antigüedad misteriosa. Esas asociaciones importan, pero un instrumento de arco con cuerdas de crin también posee un sonido concreto: ataque rugoso, armónicos densos, contornos inestables y una gran capacidad de imitación. Los intérpretes modernos de qyl-qobyz estudian técnica, repertorio y práctica en conjunto. Los instrumentos de concierto y la formación institucional no borraron los linajes antiguos, pero estos tampoco deben utilizarse para negar el arte actual.
El sybyzgy, el zhetygen, el sherter, el sazsyrnai, el shankobyz, el asatayak y la percusión exigen la misma escucha atenta. Un nombre no explica un timbre. Sí lo hacen la construcción, el soplo, el punteo, el golpe, el espacio resonante y el repertorio.
La música la hacen quienes se ven y quienes no
La memoria musical pública de Kazajistán suele concentrarse en quien interpreta: el kuyshi, la cantante de ópera, la estrella del pop o el carismático líder de una banda. Todas esas carreras dependen de otros trabajos. El kuy viaja por medio de docentes, familias, recopiladores, transcriptores y lutieres. La ópera necesita compositores, libretistas, directores, preparadores, coro, orquesta, diseñadores y equipos de escena. Un lanzamiento de Q-pop depende de productores, coreógrafos, estilistas, equipos de cámara, montadores y redes de seguidores.
Akhmet Zhubanov ocupa una encrucijada reveladora. Documentó repertorios, enseñó, compuso, dirigió y ayudó a crear un lenguaje orquestal para los instrumentos kazajos. Su labor amplió la vida institucional de la música a la vez que cambió las condiciones de escucha. La pregunta no es si la orquestación preservó o corrompió la tradición de una vez por todas, sino qué hace un arreglo concreto con la línea, el equilibrio y la autoridad de un kuy.
Las mujeres siempre han formado parte de este trabajo. Dina Nurpeisova no fue una excepción tardía añadida a una historia masculina; fue una kuyshi fundamental cuya larga vida enlazó linajes del siglo XIX con la grabación y la interpretación pública soviéticas. Kulyash Baiseitova dio forma a la ópera kazaja. Bibigul Tulegenova, Roza Baglanova y Roza Rymbayeva pertenecen a generaciones vocales distintas. Hoy las mujeres trabajan como compositoras, directoras, instrumentistas, productoras y gestoras, aunque la cobertura siga prefiriendo el rostro ante el micrófono.
Empiece por el ataque. Un golpe enérgico de dombra, el roce del arco sobre la crin, una consonante operística, un bombo electrónico y una palmada entran en el oído de maneras distintas. Después siga la repetición. El kuy suele transformar una figura desplazándola de registro, cambiando el acento o aumentando la presión. El pop puede repetir un gancho mientras la armonía y la textura se mueven a su alrededor. El aitys repite expectativas métricas para que la invención verbal se perciba al instante.
Identifique después quién responde. En el aitys importan el rival y el público. En el betashar se nombra a los parientes y el movimiento de la novia responde a la secuencia cantada. En la ópera, una línea solista queda enmarcada por la orquesta y la acción dramática. En el Q-pop, el color vocal de un integrante puede recibir la réplica de otro y completarse luego con la coreografía en pantalla.
Por último, nombre a una persona y una actuación. «Música folclórica kazaja» se convierte en «Saryarqa», de Kurmangazy, en una interpretación concreta. «Pop kazajo» se convierte en «Aiyptama», de Ninety One, o «Aqpen Birge», de Moldanazar. La precisión no empequeñece la imagen. Hace audibles las diferencias.