En qué fijarse al escuchar
El contraste se percibe de inmediato entre «Pájaro campana», de Félix Pérez Cardozo, y «Ne rendápe aju», de José Asunción Flores. La pieza para arpa centellea con figuras agudas repetidas y cambios rápidos de registro. La guarania abre espacio para las palabras, las notas suspendidas y un descenso armónico mesurado. Las dos exigen precisión. Una oculta el esfuerzo tras el virtuosismo; la otra, una compleja base rítmica bajo su quietud aparente.
La polca paraguaya no es una polca europea interpretada con instrumentos sudamericanos. El nombre compartido da cuenta de la circulación del siglo XIX, pero la organización local en 6/8, la acentuación cruzada, el fraseo vocal y la práctica de conjunto adquirieron rasgos propios. La guitarra puede marcar una base estable mientras el arpa la despliega en pasajes brillantes. Quien canta puede colocar las sílabas del guaraní sobre ese movimiento sin limitarse a seguir cada acento instrumental.
La galopa y el kyre’y intensifican la vertiente rápida de este panorama. La galopa sostiene la danza pública y la celebración con un marcado impulso hacia delante. El kyre’y, cuyo nombre remite a la vivacidad, acentúa la rapidez y el juego rítmico. Las denominaciones se solapan en el repertorio y en el uso, de modo que conviene comenzar por una grabación concreta y no esperar un único patrón universal.
La guarania surgió mucho después y mediante un acto de composición con autor conocido. José Asunción Flores creó el género en Asunción en 1925, tras formarse en la Banda de Policía y estudiar las posibilidades contenidas en la polca paraguaya. Aminoró el pulso, mantuvo la síncopa y concedió más espacio a la reflexión melódica. Fue una invención musical urbana, no el descubrimiento de una antigua canción anónima.
El poeta Manuel Ortiz Guerrero ayudó a la guarania a encontrar su dimensión verbal. Obras conjuntas como «India», «Panambi vera» y «Ne rendápe aju» vinculan la lengua guaraní con la melodía compuesta sin reducir la poesía a un adorno folclórico. Una vocal larga puede ocupar exactamente el espacio que abre el tempo más lento de Flores. Las palabras aportan sentido y, a la vez, se convierten en materia rítmica.
El guaraní es una de las lenguas oficiales del país y un vehículo central de la canción nacional. El jopará, mezcla flexible de guaraní y español, pertenece al habla cotidiana y a la música contemporánea. Sin embargo, una canción nacional en guaraní no se convierte automáticamente en música de una comunidad indígena. Los pueblos Mbya, Paĩ Tavyterã, Aché, Ayoreo, Enxet, Nivaclé y otros mantienen lenguas propias y ejercen autoridad sobre sus culturas. Esta distinción resguarda la pluralidad dentro de una nación orgullosamente bilingüe.
El arpa encierra otra historia de adaptación. Las arpas introducidas durante la colonia se transformaron mediante la artesanía, la portabilidad, el encordado y las técnicas locales. El arpa paraguaya no suele tener pedales. Sus intérpretes generan un movimiento rápido mediante la digitación directa, los saltos de registro y un manejo minucioso de la resonancia. El brillo no es una propiedad mágica de la madera, sino el resultado de la construcción y el toque.
Félix Pérez Cardozo estableció un vocabulario que volvió el instrumento reconocible dentro y fuera del país. «Pájaro campana» convierte el canto del pájaro campana en notas agudas articuladas sin abandonar el impulso de la danza. «Tren lechero» se vale de ritmos reiterados, cambios de registro y aceleraciones para sugerir un tren. Ambas piezas son descriptivas, pero ninguna se limita a exhibir efectos. El arpista debe mantener la coherencia del bajo y de las voces internas mientras la imagen cautiva al oyente.
Luis Bordón amplió las posibilidades sonoras del arpa grabada mediante un pulido trabajo de estudio y una larga carrera en Paraguay y Brasil. En su versión de «Cascada», los pasajes descendentes evocan el agua mientras el bajo evita que la textura se disuelva. Digno García llevó el arpa y la música de conjunto paraguayas por circuitos europeos. La migración no fue una cuestión secundaria: determinó lo que el público internacional aprendió a reconocer como paraguayo.
La guitarra abre una senda virtuosística paralela. Agustín Barrios construyó obras de concierto a partir del estudio contrapuntístico, la expresión romántica y la danza latinoamericana. «La Catedral» avanza desde la contemplación hacia un movimiento final rápido cuyas líneas independientes exigen un dominio extraordinario. «Danza Paraguaya» lleva el ritmo cruzado nacional a la sala de conciertos. En «Las Abejas», la articulación veloz parece flotar.
Barrios actuó en ocasiones como Nitsuga Mangoré, con un personaje escénico de inspiración indígena. Esa reinvención artística pertenece a la historia del nacionalismo y de las giras, pero no debe confundirse con la representación directa de una comunidad musical indígena concreta. Su obra guitarrística puede celebrarse sin repetir el atuendo como prueba de autenticidad.
Berta Rojas da al repertorio una voz interpretativa contemporánea. En «Las Abejas», la velocidad se oye con claridad gracias a una articulación limpia, sin borrones. Legado sitúa a las compositoras de las Américas en el centro de la memoria de la guitarra clásica. En «Sara», grabada con la cuatrista puertorriqueña Fabiola Méndez, dos tradiciones de cuerda pulsada dialogan como voces modernas de igual rango.
El canto popular se extiende más allá de los géneros canónicos. Luis Alberto del Paraná y Los Paraguayos hicieron de la pulida canción de conjunto una carrera internacional. Quemil Yambay llevó el humor rural, las voces de personajes y la polca al reconocimiento masivo. Más tarde, bandas como Paiko, Kchiporros, Salamandra y Flou consolidaron escenas de rock, ska y música de guitarras más pesadas, mientras Tierra Adentro y Purahéi Soul reelaboraron el vocabulario folclórico sin fingir que todo sonido nuevo necesitaba un arpa.
La dictadura y el exilio marcan esta historia. Flores rechazó una condecoración oficial en señal de protesta y pasó años fuera del país durante el régimen de Alfredo Stroessner. Cantantes y escritores aprendieron que la nostalgia también podía transportar memoria política. Una guarania lenta no era por fuerza una canción de protesta, pero su lenguaje de distancia, pérdida y pertenencia podía hablar más allá del romance.
Una primera hora reveladora reúne seis grabaciones muy distintas: «Pájaro campana», «Ne rendápe aju», «La Catedral» de Barrios, «Sara» de Berta Rojas, «Swing Guaraní» de Purahéi Soul y «El Sistema Solar» de Kchiporros. La evocación del arpa, la guarania urbana, la arquitectura concertística, el diálogo entre instrumentistas de cuerda, el pulso bilingüe y el ska-rock para grandes festivales muestran un país que se mueve a más de una velocidad.