En qué fijarse al escuchar
Hay que situar el kawina en el mundo posterior a la emancipación de finales del siglo XIX. Contiene inteligencia rítmica afrodescendiente, arte oral, memoria comunitaria y asociaciones espirituales, pero no es una supervivencia inmóvil de la esclavitud de plantación. Comunidades libres y parcialmente libres le dieron forma bajo nuevas condiciones urbanas y sociales. Llamarlo sin más «música de esclavos» niega esa autoría. La práctica se desarrolló mientras la gente construía vida pública después de la emancipación, mantenía saberes y creaba nuevas formas de comentario, ceremonia, competencia y disfrute.
Los nombres de los instrumentos ayudan al oído, siempre que no se conviertan en una receta rígida. Una función estable o conductora del tambor puede llamarse hari o ahri, mientras koti designa una función contrarrítmica. El kwakwabangi es un banco o tabla de madera que se golpea con palos. Las sonajas seki-seki producen una textura densa; una campana o utensilio metálico denominado a menudo tjap puede perfilar el ciclo; el silbato, las palmas y las voces señalan los cambios. Los conjuntos varían según la ocasión y la época. Escuche primero las relaciones: base e interrupción, solista y coro, pulso y respuesta corporal.
El Winti entra en esta conversación con un límite firme. Es una religión afrosurinamesa viva, no un género musical ni un paquete de ceremonias pintorescas. Comprende cosmología, sanación, relaciones espirituales, cantos, danza, especialistas rituales y obligaciones comunitarias. Algunas canciones editadas públicamente y ciertos repertorios de kawina se relacionan con seres o contextos del Winti. Esa conexión merece nombrarse con precisión, pero una grabación no autoriza a revelar ritos restringidos ni a imitar prácticas sagradas. Organizaciones culturales como NAKS hacen públicos repertorios escogidos en sus propios términos. La escucha respetuosa atiende a la música que se ha ofrecido y acepta que no todo conocimiento está disponible.
La labor pública de NAKS también muestra por qué «folclore» se queda corto. Fundada como organización cultural afrosurinamesa, ha sostenido la lengua, el teatro, la danza, la música, la enseñanza y la memoria comunitaria. En una actuación, una canción puede ser didáctica, estéticamente poderosa, consciente de la historia y vinculada con lo espiritual a la vez. El coro no es un fondo anónimo: es un cuerpo social cuyo sentido del tiempo, dicción y respuesta dan significado a la voz principal.
El bigi poku deja ver otra historia. La expresión se asocia con el antiguo sonido surinamés de metales y bandas callejeras: instrumentos de viento, desplazamiento procesional, bombo, platillos, herencia de bandas militares y civiles, procesiones eclesiásticas y transformación rítmica local. El skratji, un bombo con platillo incorporado o emparejado con él, genera un empuje reconocible. Los músicos de Paramaribo no recibieron pasivamente la instrumentación europea de marcha: la llevaron hacia la celebración barrial, el baile y el pulso popular.
El kaseko adquirió una forma más definida después de la Segunda Guerra Mundial, cuando esas relaciones entre bigi poku y kawina se encontraron con el jazz, el calipso, la música latina, las corrientes francocaribeñas, los instrumentos amplificados y el oficio de las modernas orquestas de baile. Los metales enuncian figuras cortantes o melodías amplias. La guitarra y el bajo eléctricos se traban con la percusión de mano y la batería o el skratji. Un cantante puede quedarse por detrás del pulso, adelantarse, hablar con el público o convertir el coro en motor. El nombre abarca conjuntos de muchos tamaños y épocas. Escuchar bien el kaseko supone seguir el equilibrio entre la fuerza procesional de la calle y el detalle propio de un club nocturno.
Lieve Hugo ocupa el centro de ese sonido. Su voz tiene aspereza, elasticidad, humor y autoridad sin perder impulso bailable. «Srefidensi», ligada a la expectativa de la independencia, coloca el sentimiento público dentro de una banda en movimiento. Hugo murió diez días antes de que Surinam se independizara, el 25 de noviembre de 1975, y dejó en la canción un dolor que ningún lema conmemorativo podría fabricar. Su importancia reside en el encuentro entre acontecimiento e interpretación: la independencia se vuelve una palabra que la gente puede cantar mientras los metales y el ritmo mantienen vivo el movimiento colectivo.
Las mujeres son fundamentales en esta historia, aunque las formaciones recordadas a posteriori hagan parecer que el campo perteneció a los directores varones. «Mi Dren», de Anne-Marie Hunsel, lleva una voz femenina protagonista a la memoria política y de los derechos humanos. Sus palabras en sranan emplean la melodía conocida por «I Shall Be Released», de Bob Dylan, y orientan un contorno familiar en todo el mundo hacia el anhelo surinamés. Su grabación solista precedió a una versión colectiva de Sranang Dren creada para apoyar la defensa de los derechos humanos. La distinción importa porque conserva tanto su autoría como letrista e intérprete como el posterior propósito común.
El kawina y el kaseko tampoco han dejado de cambiar. La amplificación aumenta el peso del bajo; los teclados pueden sustituir o reforzar a los metales; la producción pop abrevia las formas; el rap o el fraseo del dancehall pasan a la voz principal. Grupos como Aptijt llevan la energía del kaseko a escenarios contemporáneos, mientras artistas radicados en los Países Bajos reelaboran su vocabulario rítmico mediante el jazz, el funk, el soul y la producción de festivales. El cambio no demuestra impureza. La pregunta útil es si los músicos comprenden y acreditan las relaciones que prolongan.
Pruebe una comparación concentrada. En un kawina histórico, siga durante un minuto entero la parte repetida más pequeña y observe cómo las voces la renuevan. En el bigi poku o el kaseko, siga el skratji y la línea de bajo; después escuche lo que hacen los metales en contrapunto. En una actuación pública de NAKS, atienda al coro como músico colectivo. En Lieve Hugo, concéntrese en la colocación de la voz; en Anne-Marie Hunsel, en cómo el sranan transforma una melodía prestada. El ritmo se vuelve historia cuando se oye a las personas que lo organizan.