En qué fijarse al escuchar
El alemán, el francés, el italiano y el romanche son lenguas nacionales. Ninguna basta para trazar por sí sola el mapa musical. El albanés, el portugués, el bosnio, el croata, el serbio, el español, el turco, el tamil, el árabe, el inglés y muchas otras lenguas forman parte de las calles, los hogares, los clubes y las grabaciones de la Suiza contemporánea. Antes de tratar una lengua como simple adorno, conviene preguntarse cuál eligió el artista y a quién se dirige.
La mayoría germanófona alberga identidades cantonales muy arraigadas y numerosos dialectos. El alemán bernés marca el ritmo verbal de las canciones de Mani Matter. El dialecto de Zúrich entra de maneras distintas en el rock y en el rap. El sonido del carnaval y las instituciones artísticas definen otra Basilea. Appenzell, Toggenburg y la Suiza central mantienen prácticas propias de yodel, cuerda y baile. Por eso, «música suizo-alemana» es una categoría de partida, no un género cerrado.
La Suiza francófona es igual de plural. Las instituciones internacionales, orquestas y clubes de Ginebra no producen la misma escena que la cultura independiente de Lausana, las redes de Neuchâtel o la geografía festivalera en torno a Montreux y Nyon. La chanson, el rap, el rock, el jazz y la electrónica en francés conviven con artistas que cantan en inglés o transitan entre lenguas.
El Tesino conecta las instituciones suizas con la radiodifusión en italiano y con el intercambio cultural del norte de Italia. Coros, bandas, cantautores, jazz y música popular circulan a través de la frontera sin borrar las trayectorias locales. Lugano no es un Milán en miniatura ni una pintoresca excepción meridional. Su radio, sus salas y sus músicos forman parte del sistema nacional en sus propios términos.
Los Grisones muestran con especial claridad lo insuficientes que son los mapas de una sola lengua. En el cantón conviven comunidades de habla alemana, romanche e italiana, y el propio romanche comprende varias variedades regionales. Corin Curschellas puede recurrir a canciones tradicionales romanches y, al mismo tiempo, escribir música inequívocamente contemporánea. Que la lengua tenga menos hablantes no convierte cada grabación en un acto de conservación: también puede expresar humor, experimentación, deseo pop y vida cotidiana.
La cultura asociativa es importante en Suiza. Clubes de yodel, bandas de viento, coros, agrupaciones de carnaval y conjuntos locales sostienen ensayos, enseñanza y actuaciones públicas con regularidad. Conservatorios, recintos municipales, radiotelevisiones y festivales abren otras vías hacia la música. Estos sistemas se solapan, aunque el acceso depende del tiempo, el dinero, la ubicación y el entorno social. La infraestructura explica mejor la continuidad que el mito de una ciudadanía musical por naturaleza.
La postal sonora conserva su fuerza porque condensa el reconocimiento. La trompa alpina, los cencerros y el yodel permiten que un público internacional identifique Suiza en segundos. A veces los músicos disfrutan de ese reconocimiento, a veces lo cuestionan y a menudo hacen ambas cosas en una misma obra. El problema empieza solo cuando la postal reemplaza a quienes tocan.
Comience con seis contrastes. Escuche un yodel natural junto a una obra vocal de Nadja Räss; un conjunto de cuerda de Appenzell junto al piano de Irène Schweizer; Corin Curschellas junto a Mani Matter; Frank Martin junto a Yello; KT Gorique junto a un grupo de trompas alpinas. Comparar no desecha la herencia: sitúa cada sonido entre vecinos.
La estación del año también modifica el mapa. El carnaval lleva tambores, pífanos, metales y sátira a las calles. En verano, los festivales ocupan las orillas de los lagos y las reuniones de montaña. Los calendarios religiosos y comunitarios modelan el repertorio coral. Los clubes se rigen por ritmos semanales y nocturnos. Una grabación puede conservar la música de un acontecimiento, pero no reproducir las reglas físicas para participar en él.
La migración no es una nota al pie reciente. Virtuosos itinerantes, comunidades religiosas, personas refugiadas, trabajadores y estudiantes llevan mucho tiempo transformando la vida musical suiza. La historia suizo-estadounidense de Ernest Bloch, la identidad franco-suiza de Arthur Honegger, la carrera jazzística internacional de George Gruntz y el pop tamil-suizo de Priya Ragu se resisten a una lectura basada únicamente en el pasaporte. La residencia, la colaboración y el público pueden tener tanta importancia musical como el lugar de nacimiento.
La primera destreza de escucha consiste, por tanto, en separar. Hay que distinguir la región del país, la lengua de la etnia, el escenario de un festival de la escena local, el reconocimiento patrimonial de la propiedad artística y la ubicación de una sala de la identidad de quien actúa. Una vez claras esas diferencias, las conexiones resultan más interesantes, no menos.
Las tiendas de discos y los fondos bibliotecarios revelan hasta qué punto el mapa es inestable. Una publicación en romanche puede archivarse como folk, pop o cultura regional; un disco de improvisación, como jazz o música contemporánea; un rapero en dialecto, por cantón. Clasificar es útil cuando conduce al sonido y limitante cuando decide de antemano lo que al artista se le permite ser.
La estructura federal del país también influye en la visibilidad. El apoyo cultural suele pasar por ciudades y cantones, además de por organismos nacionales. Un artista puede gozar de gran reconocimiento en una región lingüística y ser desconocido en otra. Por eso, una gira por el país exige traducción, relaciones con los medios y redes de salas, no solo desplazamiento. Un trayecto breve en tren no garantiza un público compartido.
Quien llegue atraído por las exportaciones más famosas puede invertir el orden habitual. En vez de partir de una estrella mundial y retroceder hacia unas raíces imaginadas, empiece por una voz local, un conjunto de baile, una orquesta o una grabación de club y siga las trayectorias reales hacia fuera. Suiza aparecerá entonces como un lugar donde varios públicos se superponen, a veces colaboran y a veces mantienen una separación fértil.