Capítulo 04
Rutas del océano Índico en el ritmo y el ritual
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La música de Baréin también mira al sur y al este. El liwa, la tanbura y otras prácticas afines llevan consigo historias de movimiento entre África oriental, Arabia, Irán, las comunidades baluchis y el océano Índico en su conjunto. Las rutas compartidas no las hacen intercambiables.
Liwa: lengüeta, tambores y fuerza circular
El liwa es uno de los sonidos que se sienten con mayor inmediatez física en el repertorio folclórico de Baréin. Un potente instrumento de doble lengüeta, identificado a menudo como surnay, proyecta una línea melódica concentrada y penetrante sobre un conjunto de tambores dispuestos en capas. Estos no se limitan a marcar el tiempo: crean patrones entrelazados que arrastran a bailarines y oyentes hacia un flujo circular.
Las conexiones de esta música con África oriental forman parte de su historia, al igual que las comunidades del Golfo que la hicieron local. Durante una interpretación, el contraste entre la lengüeta y la percusión resulta marcado. A corta distancia, el surnay puede sonar casi abrasivo, mientras que los tambores ejercen una presión corporal envolvente. La repetición intensifica el entramado rítmico en vez de aplanarlo, pues los acentos desplazan la atención del oyente.
Las agrupaciones bareiníes con nombre propio permiten reconocer estas rutas de forma concreta. Ismaeel Dawas Band, fundada en Muharraq en la década de 1930, mantiene desde hace mucho una relación estrecha con el liwa y la tanbura. Sami Al Malood Folk Group y otros conjuntos también han presentado liwa en programas patrimoniales oficiales. Escuchar a estos grupos dice más que tratar el liwa como una influencia africana anónima.
Ismaeel Dawas Band y Al-Liwa House
Ismaeel Dawas Band representa una excepcional continuidad humana e institucional en la música del océano Índico en Baréin. Fundado por Dawas bin Faraj, el grupo estableció una sede conocida como Al-Liwa House, descrita también con términos locales para designar el lugar de reunión. Sus integrantes se reunían con regularidad, mantenían el repertorio y lo llevaron a la radio y a las actuaciones públicas.
Esa continuidad importa porque los instrumentos no pueden contar por sí solos la historia. Un surnay o un tambor pueden viajar mucho, pero es el conjunto quien decide cómo empiezan las piezas, cómo entran los bailarines, de qué manera se superponen los ritmos y cómo pasa el conocimiento de una generación a otra. La casa arraiga una forma transoceánica en la rutina del barrio.
Escuche cómo controla el grupo la densidad. El liwa se describe a veces como exuberante, pero su energía está organizada. La línea de lengüeta proporciona una señal alrededor de la cual gira la percusión. Las mejores interpretaciones hacen que el entramado rítmico parezca inevitable sin renunciar a pequeños cambios de acento y respuesta.
Tanbura, mangour y una resonancia más oscura
La tanbura es una lira de cuenco cuyas cuerdas crean un campo sonoro grave y zumbante. En contextos del Golfo puede aparecer con tambores, canto y el mangour, un cinturón provisto de pezuñas de cabra que repiquetean cuando el intérprete se mueve. La textura resultante se distingue mucho del golpe brillante del liwa: queda más suspendida, resonante y recogida.
Las tradiciones de tanbura poseen vínculos a través del mar Rojo, África oriental y el Golfo. En Baréin pertenecen a historias comunitarias y rituales específicas. El instrumento no debe tratarse, por tanto, como un color exótico que pueda separarse de quienes lo tocan.
En una presentación pública, concéntrese en la textura. Siga la resonancia reiterada de la tanbura y escuche después cómo la percusión y el movimiento la alteran y renuevan. El mangour no es un adorno: su repiqueteo seco convierte el movimiento corporal en ritmo. Juntas, las partes producen un sonido asentado e inestable al mismo tiempo.
Jirba y otros instrumentos viajeros
Los programas folclóricos de Baréin también incluyen la jirba, una tradición de gaita acompañada por percusión. El sonido sostenido del tubo y el flujo continuo de aire generan una energía distinta del fraseo discontinuo de la música de lengüeta y tambor. Dentro de la secuencia de un festival, la jirba puede sonar sorprendentemente próxima a otras culturas de gaita sin dejar de estar arraigada en la interpretación social del Golfo.
Jassim Jamsheer Band y otros grupos con nombre propio han presentado jirba en Baréin. La ardha, el samri, el khamari y la marboo'a añaden al repertorio público otras formas rítmicas y sociales. Dar Bin Harban y los conjuntos de Riffa y Hidd son referencias útiles cuando sus programas están activos.
Esta variedad cuestiona cualquier división tajante entre sonido árabe y africano. Los instrumentos llegaron mediante el movimiento, pero los conjuntos locales modelaron su uso. La mejor pregunta no es dónde pertenece de verdad un instrumento, sino qué consiguen hacer con él los músicos de Baréin.
Ritual, creencias y escucha respetuosa
Algunas prácticas relacionadas con la tanbura y el zar pertenecen a contextos rituales con creencias, permisos y significados comunitarios propios. No deben reconvertirse en música genérica de bienestar ni describirse como tratamiento médico. Un fragmento de concierto público no puede explicar todas las dimensiones privadas o sagradas.
Ese límite no obliga a guardar silencio. Todavía pueden escucharse rasgos musicales: los patrones repetidos de la lira, los ciclos de percusión, la respuesta cantada y la aportación sonora del movimiento. También pueden nombrarse los conjuntos que actúan en público. Lo privado puede seguir siéndolo sin convertir la tradición en un enigma escénico.
La escucha respetuosa comienza al aceptar que tener acceso no equivale a poseer. Una grabación puede presentar un sonido, pero no abre la puerta a todos los contextos de los que procede.
Las comunidades residentes en el presente
El movimiento por el océano Índico no terminó con la era de la pesca de perlas. La población actual de Baréin incluye comunidades de Asia meridional, filipinas, árabes, africanas y de otros orígenes, unas asentadas desde hace mucho y otras más recientes. Iglesias, escuelas, clubes, hoteles, festivales y celebraciones privadas sostienen una actividad musical que forma parte de la vida del país aunque el repertorio apunte hacia otros lugares.
Esta capa contemporánea se escucha en coros, actos dedicados a la música de cine, programas de danza, grupos de jazz, conjuntos para bodas y agrupaciones colaborativas. Así se complica la idea de que la música nacional deba ser patrimonio antiguo o cultura popular exclusiva de los ciudadanos. La gente hace música allí donde vive.
Por eso, para quien visita el país, el programa más revelador puede reunir a un grupo folclórico bareiní, un coro de residentes extranjeros y un conjunto internacional. La mezcla no implica una programación desacertada: refleja la realidad social de una isla conectada por el trabajo y la migración.