Capítulo 02
Liras, masenqo y el espacio azmari
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Los instrumentos más conocidos de Etiopía son fáciles de reconocer en fotografías. Su vida musical comienza después de ese reconocimiento. La madera, la piel, la cuerda y el arco adquieren sentido mediante el tacto: con cuánta fuerza golpea una púa, dónde amortigua el sonido una mano, cómo responde un resonador o si una pastilla eléctrica lleva al primer plano de una banda un instrumento de poca proyección sonora.
Krar: el ritmo vive dentro de las cuerdas
El krar es una lira pulsada. Según el intérprete y su construcción, puede tener cinco o seis cuerdas, resonador acústico o amplificación, y asumir funciones que van del acompañamiento vocal íntimo al protagonismo en escena. Un músico puede alternar cuerdas graves y agudas, atacar acordes, amortiguar la resonancia o construir una figura repetida de carácter casi percusivo.
El krar es más que un emblema de la antigüedad. En un canto social puede dejar espacio para versos de actualidad. En un grupo moderno puede pasar por un amplificador y competir con la batería y el bajo eléctrico. La diferencia no enfrenta autenticidad y corrupción: muestra a músicos resolviendo problemas acústicos distintos.
La grabación histórica «Shellela», de un cantante tigriña no identificado acompañado de krar, ofrece una comparación útil con las grabaciones de Adís. La voz y la lira quedan expuestas, y es imposible ignorar la ausencia de un crédito personal. Cuando los registros conservan los nombres de los intérpretes, estos merecen prioridad frente a las etiquetas culturales genéricas.
Masenqo: una sola cuerda basta para dialogar
El masenqo es un laúd de arco de una sola cuerda. Su resonador, cuadrado o en forma de rombo, está cubierto de piel; el instrumento se sostiene en vertical. Esta sencilla descripción oculta todo el trabajo. La mano izquierda modifica la longitud efectiva de la cuerda sin diapasón. El arco puede morderla, presionarla, deslizarse sobre ella o aflojar el contacto. Un cantante puede imitar una frase en el instrumento, responderle o dejar que el masenqo puntúe el texto.
Escuche seguidas «Ambasel» y «Selala», de Alemayehu Fantay. En la primera pasada, siga solo el arco. En la segunda, perciba dónde se adelanta la voz. En la tercera, atienda a los minúsculos desfases que dan al acompañamiento un carácter conversacional.
En el Fendika Cultural Center de Adís Abeba, Habtamu Yishambel ofrece un acceso actual a la interpretación del masenqo. El valor de un espacio en activo no radica en certificar una tradición eterna, sino en permitir el encuentro con un músico, una sala y un público concretos.
Begena: resonancia grave y espacio medido
La begena es una gran lira asociada sobre todo al canto contemplativo y sagrado. Sus cuerdas pueden producir un zumbido característico nacido de la relación entre la cuerda y el puente. El resultado no es pulido: tiene un ataque seco, un cuerpo grave y denso, y un halo de ruido.
Alemu Aga es el punto de partida imprescindible. «Fabelehala», «Abba gran mote» y «Madegana zalasana batbaze» revelan cómo emerge un repertorio a lo largo de varias piezas: la cadencia de la voz, la duración de la resonancia, el tempo deliberadamente pausado. Los auriculares ayudan, pero conviene mantener un volumen moderado; la fuerza del instrumento reside en la textura, no en la intensidad sonora.
El apodo habitual «arpa de David» pertenece a formas religiosas y populares de comprender el instrumento. No debe confundirse con una genealogía arqueológica demostrada. El instrumento y su repertorio vivo ya poseen riqueza suficiente.
La washint y el aliento humano
La washint es una flauta de embocadura terminal, a menudo hecha de bambú u otro material hueco. Su timbre puede ser aéreo, concentrado, áspero o penetrante según el intérprete, el registro y la distancia al micrófono. El aliento no es un espacio vacío alrededor de la nota: forma parte del ataque.
Las tradiciones de flauta varían entre regiones. Un título de catálogo como «Shepherd's Flute Song» registra el oficio atribuido a un intérprete y la interpretación que hizo el recopilador de la escena. No demuestra que toda música de washint sea pastoril o solitaria.
Conviene formular preguntas concretas: ¿repite el flautista una frase breve o prolonga una larga? ¿Responde la flauta a un cantante, acompaña el movimiento o suena sola? ¿El micrófono revela el roce de los dedos y el aliento, o convierte el instrumento en un lejano efecto paisajístico?
Como referencia moderna con nombre propio, escuche The Beauty of Breath / Yetnfash Wubet (2020), de Tasew Wendim. El músico trata la washint como voz solista, con amplitud tonal suficiente para articular todo un álbum, no como un efecto pastoril. Siga el perfil de cada ataque y observe luego cómo las notas sostenidas cambian de color cuando el aliento se debilita.
Una actuación azmari se construye con el público
Un azmari es un cantante-músico profesional cuyo oficio puede abarcar alabanza, sátira, versos de actualidad, humor, memoria e improvisación. El krar o el masenqo pueden acompañar la voz. La sala participa con peticiones, gestos de reconocimiento, risas, respuestas y pagos.
El arte pierde su centro cuando se describe como una costumbre popular anónima. En Fendika, Nardos Tesfaw lleva a las actuaciones nocturnas una práctica azmari arraigada en Gondar. Su inteligencia musical se manifiesta en el dominio de un repertorio melódico y poético, la lectura de la sala y la capacidad de colocar una frase para que su destinatario capte la alusión. Meselu Abebaye trabaja como percusionista de kebero, bailarina y técnica de sonido; Emebet Woldetsdik canta y baila; Habtamu Yishambel toca el masenqo. Esos oficios revelan una pequeña economía cultural que va mucho más allá de una exhibición de vestuario.
La improvisación no significa que nada tenga autor. Un intérprete puede recurrir a marcos melódicos compartidos y formas verbales familiares mientras crea una frase para el público de esa noche. La preparación es tan profunda que parece espontánea.
La amplificación altera la distancia con el público
En una pequeña casa azmari, un cantante puede dirigir un verso a una mesa. En el escenario de un festival, micrófonos y monitores amplían el sonido, pero debilitan esa intimidad. Una pastilla de krar puede generar un ataque firme; un micrófono de masenqo puede dejar al descubierto el ruido del arco; un tambor puede imponerse si la mezcla no se cuida.
Los músicos etíopes modernos emplean estos cambios de forma creativa. Un instrumento puede convertirse en sample, solista distorsionado o bucle rítmico. El nombre del instrumento no garantiza un arreglo tradicional, y un arreglo nuevo no borra su historia. Los créditos indican quién tomó la decisión.
Una primera velada en Fendika
Consulte la programación vigente, porque cada noche puede ser diferente. Si hay una actuación azmari, dispóngase a escuchar antes de sacar la cámara. Observe cómo el cantante se dirige a distintas zonas de la sala. Fíjese en quién inicia un cambio de tempo, cómo entra la danza y si el masenqo refleja la voz o prepara su siguiente movimiento.
Regrese otra noche para escuchar a Kayn Lab, Ethiocolor o Negarit. El contraste es la lección. Un centro cultural puede albergar prácticas heredadas, experimentación colectiva, poesía y creación contemporánea amplificada sin fingir que forman un solo género.