Capítulo 04
Cuando el pueblo se vuelve escenario
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Una cimarrona se anuncia antes de que los músicos aparezcan a la vista. Los metales atraviesan el tránsito y la conversación. La caja articula un patrón rápido; el bombo y los platillos le dan peso. Las figuras gigantes de la mascarada convierten la calle en teatro, persiguen a los niños e incorporan a los espectadores a la acción. Es una música concebida para moverse por una comunidad, no para esperar cortésmente sobre un escenario.
En qué fijarse al escuchar
Las cimarronas surgieron del mundo de las bandas municipales y militares de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Su instrumentación habitual incluye clarinete, saxofón, trompeta o corneta, trombón, bombardino o tuba, junto con caja, bombo y platillos. La formación exacta varía. También el repertorio: pueden entrar la parrandera, el tambito, el vals, el pasillo, la jota, la contradanza, la cumbia, el merengue y melodías contemporáneas.
Un conjunto que se adapta
La palabra «tradicional» puede ocultar el rasgo más cautivador de la cimarrona: su capacidad de adaptación. Un grupo puede tocar en una fiesta patronal, una celebración escolar, un cumpleaños, una plaza de toros, una mascarada o una procesión de Semana Santa. Los músicos ajustan el volumen, el tempo, la secuencia y el repertorio a la ocasión. Una melodía aprendida de un intérprete mayor puede convivir con un éxito popular reciente. La continuidad reside en parte en la instrumentación y la función comunitaria, no en una lista inmóvil de melodías.
Varias localidades poseen tradiciones arraigadas: Santo Domingo y Barva, en Heredia; Palmares, en Alajuela; Tres Ríos, Pacayas, San Isidro del Guarco y Juan Viñas, en Cartago; Liberia, Cañas y Nicoya, en Guanacaste; Esparza, en Puntarenas; y Aserrí, Ciudad Colón, Escazú y Santa Ana, en los alrededores de San José. Estos nombres son más útiles que la vaga indicación de «buscar música folclórica». Busque fiestas, mascaradas y cimarronas en el calendario municipal y después confirme la fecha.
La forma fue reconocida oficialmente como patrimonio cultural inmaterial en 2022, tras una solicitud vinculada con sus practicantes y la municipalidad de Santo Domingo. El reconocimiento llegó después de una etapa en la que algunos músicos de formación académica desdeñaban las cimarronas por considerarlas toscas o desafinadas. Su potencia al aire libre se interpretaba como falta de refinamiento. El resurgimiento muestra cómo puede cambiar un valor musical: la misma independencia y fuerza antes criticadas ayudan hoy a definir la forma.
El swing criollo pertenece a quienes lo bailan
El siguiente sonido costarricense se entiende mejor a través de los pies. El swing criollo se desarrolló durante la segunda mitad del siglo XX, cuando bailarines de clase trabajadora transformaron pasos importados del swing y, de manera decisiva, la cumbia y la música tropical que se oían en los salones de baile. Su rebote compacto, sus rápidos cambios de dirección y el enlace de la pareja por un solo brazo crearon un estilo reconociblemente distinto del swing de salón.
El baile estuvo estigmatizado y excluido de los salones respetables. Esa historia social sigue siendo visible en la alegría de ocupar el espacio. Ligia Torijano se convirtió en una de sus principales defensoras, maestras y coreógrafas, y ayudó a llevar a los bailarines a escenarios nacionales y a los debates sobre el patrimonio. Hoy, grupos y asociaciones enseñan los estilos de la vieja y la nueva guardia. En 2025, el proyecto Alma del Pueblo unió el swing criollo con un conjunto sinfónico juvenil y mostró que el baile puede generar nuevos arreglos sin perder su gramática corporal.
Para escuchar swing criollo, comience con la cumbia y otras grabaciones tropicales que los bailarines utilizan realmente; después observe cómo el cuerpo reorganiza el pulso. El «swing» no es solo una propiedad de la grabación. Surge del rebote, el agarre de las manos, la colocación rítmica y las convenciones sociales de los bailarines costarricenses. Una grabación puede circular por el mundo mientras la práctica de baile conserva su autoría local.
Bolero, chiqui-chiqui y orquesta de baile
El baile popular costarricense también incluye bolero, salsa, merengue y la corriente de la década de 1980 conocida a menudo como chiqui-chiqui. Grupos como Marfil, La Banda y Los Hicsos pertenecen a una época recordada de bandas tropicales, televisión, radio y bailes públicos. Es fácil subestimar estas historias porque las grabaciones resultan comercialmente familiares en toda América Latina. Su importancia local reside en quién las tocaba, dónde bailaba el público, cómo cambiaban los arreglos y qué canciones pasaron al acervo doméstico.
La fonoteca nacional permite acercarse a la música popular de épocas anteriores mediante compositores, tríos, cantantes y orquestas. «Noche inolvidable», de Ricardo Mora, escrita en 1939, circuló entre intérpretes costarricenses e internacionales. «Caballito nicoyano», de Mario Chacón, entró en un repertorio ampliamente compartido. Lencho Salazar quedó asociado con la canción rural y la narración cómica. No son notas marginales entre la marimba y el rock, sino parte de la vida social grabada del país.
Participe en la celebración, no la convierta en una exhibición
Para los visitantes, la participación pública requiere atención. Una mascarada no es el fondo de una sesión fotográfica ininterrumpida. Deje espacio a bailarines y niños, observe cómo responden los habitantes y pida permiso antes de filmar un primer plano. En un encuentro de swing, una clase resulta más útil que permanecer al margen haciendo comparaciones que exotizan el baile. En una fiesta comunitaria, el orden de las piezas y la procesión puede importar tanto como la melodía más conocida.
El escenario del pueblo vuelve física la música costarricense. Otras prácticas imponen límites más firmes al acceso público y exigen precisión al nombrar lenguas, territorios y personas.