Capítulo 01
La música costarricense empieza en los márgenes
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La introducción más rápida a la música costarricense es un viaje de Cahuita a Santa Cruz. Comience en la costa caribeña con Walter Ferguson cantando «Cabin in the Wata». Su guitarra mantiene un pulso ligero y conversacional, mientras la voz lleva el peso: una historia local aguzada por el humor, el fraseo y el criollo de base inglesa de Limón. Después diríjase al noroeste, al Ensamble de Marimbas y Percusión de la UCR en Santa Cruz. En piezas como «Luna Liberiana» o «Nostalgia en la Pampa», las tablillas de madera producen un ataque brillante y seco; las figuras del bajo y los fragmentos de acordes impulsan formas de baile cuya historia pervive en los pueblos de Guanacaste, los repertorios familiares y los talleres de formación.
En qué fijarse al escuchar
Esas dos grabaciones bastan para desmontar la postal habitual. La provincia caribeña de Limón se configuró mediante la migración afrocaribeña, el trabajo ferroviario y bananero, los intercambios portuarios, la exclusión racial y una vida comunitaria perdurable. Guanacaste lleva historias indígenas, coloniales, centroamericanas y del Pacífico a través de la marimba, la parrandera, el pasillo, el bolero, el baile y la canción. Entre ambas regiones se encuentran las bandas, teatros, salones, estudios de radio y pistas de baile del Valle Central. Al sur y a lo largo de la cordillera de Talamanca se extienden territorios bribris, cabécares, ngäbes y de otros pueblos indígenas, cuyos saberes cantados no pueden reducirse a una categoría genérica de folclore.
Un país unido por la circulación
La música viajaba por Costa Rica mucho antes de que las grabaciones permitieran seguir con facilidad esos recorridos. Las bandas militares y municipales llevaron marchas, bailes y arreglos de concierto a las plazas públicas. Las partituras importadas llegaron a teatros y salones privados. Trabajadores y familias del Caribe llevaron a Limón lenguas, canciones y prácticas religiosas. La ranchera mexicana, el bolero cubano, la cumbia colombiana y los repertorios panameños y nicaragüenses pasaron a formar parte de la radio y el baile locales. Los músicos estudiaron en el extranjero, regresaron al país, hicieron giras por Centroamérica o desarrollaron carreras entre Costa Rica y otros países.
El resultado no es un crisol en el que desaparecen todas las diferencias. Se parece más a una cadena de conversaciones. Una marimba puede interpretar un pasillo cuya historia regional atraviesa fronteras y, aun así, el arreglo concreto sigue perteneciendo a determinados músicos costarricenses. El swing criollo se desarrolló como una forma costarricense de bailar cumbia y otros discos tropicales; la grabación importada y el cuerpo local cuentan partes distintas de la historia. Cantoamérica puede arreglar una canción de Walter Ferguson sin sustituir la voz cahuiteña de Ferguson. Debi Nova puede trabajar en el pop internacional y seguir siendo una artista costarricense entre muchas otras.
Pistas para el oído
Varios sonidos reaparecen sin convertirse por ello en marcas nacionales. Las tablillas de la marimba pueden alternar una melodía nítida con bajos resonantes y acompañamientos sincopados. Los metales de la cimarrona se proyectan al aire libre: las líneas de trompeta o corneta se elevan sobre el clarinete, el saxofón, el trombón, el bombardino o la tuba, mientras la caja, el bombo y los platillos hacen que la calle parezca más pequeña e inmediata. En Limón, el calipso suele dar prioridad al sentido rítmico del cantante; la guitarra, el banjo, el bajo y la percusión dejan espacio para una crónica de actualidad. La canción guanacasteca puede ser íntima, construida en torno a la voz y la guitarra, o festiva y percusiva. La música de concierto aporta otra gama de colores mediante el piano, las cuerdas, los vientos, el coro y la orquesta.
La lengua también modifica lo que la música puede hacer. El español domina los medios nacionales, pero el mekatelyu o criollo limonense de base inglesa transmite detalles sociales y juegos verbales que no pueden sustituirse sin más por el inglés estándar. El bribri, el cabécar, el ngäbere, el maleku y otras lenguas indígenas vinculan las canciones con el territorio, el parentesco y diversas formas de conocimiento. Una palabra desconocida no es una atmósfera decorativa. Indica que quien escucha ha entrado en el mundo lingüístico de otra persona.
Cinco nombres para empezar
Para una orientación concisa, recuerde a cinco personas. Walter Ferguson es el intérprete de calipso imprescindible de Cahuita, un compositor cuyas canciones funcionan como historia local cantada. Manuel Monestel es músico, arreglista e investigador; por medio de Cantoamérica, ayudó a que el calipso de Limón circulara más ampliamente sin apartar la atención de sus creadores afrocaribeños. Guadalupe Urbina es una cantautora de Guanacaste cuya obra transforma el paisaje, la experiencia de las mujeres y el habla rural en canción de autor. José Capmany es una figura fundacional del rock costarricense. Mildred Blanco, cantante bribri de Amubri, representa otro principio: el país se entiende mejor cuando se nombra a los intérpretes indígenas junto con sus comunidades, en vez de colocarlos bajo una etiqueta anónima.
Añada un conjunto del presente: Sonámbulo Psicotropical. Su propio nombre sugiere el gusto por combinar elementos. Ritmos afrolatinos, figuras de metales, bajo eléctrico, percusión y energía escénica confluyen en arreglos creados por músicos contemporáneos, no en una supuesta fusión nacional ajena al paso del tiempo.
Costa Rica se vuelve audible a través de estos detalles concretos. Una de sus tradiciones de canción más singulares creció en las localidades caribeñas de Limón y Cahuita.