Capítulo 01
Islandia más allá del hielo, Björk y la postal de Reykjavík
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Empezar por la escala
Islandia tiene una población pequeña, pero su mapa musical no lo es. Una cantante puede pasar de un coro eclesiástico a un conjunto experimental y a una sesión de pop porque los círculos profesionales se solapan. Un batería puede aparecer en proyectos de jazz, rock y teatro. Compositores, técnicos, personal de salas y organizadores de festivales suelen coincidir una y otra vez bajo nombres distintos. Esa cercanía puede favorecer la colaboración, pero no significa que todos compartan un mismo estilo ni una misma idea de cultura nacional.
La capital concentra las instituciones: Harpa, la Orquesta Sinfónica de Islandia, la Ópera Islandesa, la radiodifusión nacional, los conservatorios, los sellos, los estudios, los festivales y muchas de las salas más visibles del país. Aun así, Reykjavík es una encrucijada, no una respuesta. En Siglufjörður, el Centro de Música Folclórica vincula una localidad del norte con la vasta recopilación de canciones de Bjarni Þorsteinsson y con un festival vivo. Ísafjörður acoge Aldrei fór ég suður, un encuentro de música popular cuya energía pertenece a los fiordos occidentales sin exigir a los grupos que imiten el folclore regional. Akureyri cuenta con sus propios coros, escuelas, salas y festivales. Reykjanes conserva, a través de Keflavík y del tráfico cultural en torno a la antigua base militar, la historia de los comienzos del rock islandés.
La geografía importa porque las personas se desplazan por ella, no porque la lava componga melodías. Las localidades pesqueras, las granjas, las carreteras, la oscuridad invernal, la migración y las distancias han moldeado las ocasiones en que se hace música. Influyen en los ensayos, las giras, el tamaño del público y la experiencia sonora. Pero no producen de forma mecánica una tonalidad menor, una reverberación larga ni un tempo lento. Cuando un músico evoca el clima o la geología, hay que escucharlo como una decisión artística, no convertirlo en una ley de la armonía islandesa.
La Islandia acústica no es silenciosa
Antes de que existieran orquestas permanentes, discográficas y radio, las voces asumían gran parte del trabajo. Se cantaban versos sacros, poesía narrativa, canciones infantiles, materiales relacionados con las faenas y canciones sociales. Las rímur podían desarrollar un relato a lo largo de muchas secciones mediante metros intrincados y un repertorio de stemmur, o fórmulas melódicas. El tvísöngur disponía dos voces en un movimiento paralelo que puede resultar austero a quien se haya formado en la armonía mayor-menor moderna. En hogares, iglesias y reuniones, la música formaba parte de la lectura, la memoria, el trabajo, la devoción y el entretenimiento, en vez de constituir una industria separada.
Había instrumentos, aunque el registro histórico es desigual. El langspil es una larga cítara con bordón que puede pulsarse, golpearse o tocarse con arco. La fiðla islandesa no es el mismo objeto que el violín moderno, pese al parentesco entre las palabras. Ambos instrumentos cayeron en desuso y más tarde regresaron gracias a la labor de museos, la reconstrucción, la enseñanza y la interpretación. Los acordeones, armonios, órganos, metales e instrumentos orquestales importados se incorporaron a otros ámbitos de la vida musical islandesa. La pregunta útil siempre es práctica: quién tocaba el instrumento, dónde, con qué técnica y en qué época.
Esa pregunta protege la música de una fantasía persistente. Una saga no es una partitura. Un poema éddico no nos dice con exactitud cómo sonaba la Islandia medieval. Un tambor de marco bajo unas palabras en nórdico antiguo puede crear música contemporánea convincente, pero el vestuario y el timbre no convierten una reconstrucción en un hecho recuperado. El patrimonio literario conservado en Islandia es extraordinario y merece algo mejor que servir de licencia para cualquier banda sonora debidamente agreste.
Llega una infraestructura del siglo XX
La música pública moderna creció gracias a las escuelas, los coros, las iglesias, los conjuntos de gira, la imprenta, la radio y la grabación. El primer concierto ofrecido en Islandia por una orquesta sinfónica completa tuvo lugar en 1926, durante una gira de la Filarmónica de Hamburgo bajo la dirección de Jón Leifs. La Orquesta Sinfónica de Islandia se fundó en 1950 mediante la cooperación de las autoridades estatales y municipales y la radiodifusora nacional. La fecha es reveladora: el sistema orquestal permanente de Islandia es una construcción del siglo XX, no una prolongación ancestral de la cultura de las sagas.
La radio modificó la escala de la memoria musical. Una interpretación podía llegar a hogares alejados de Reykjavík; cantantes populares y orquestas de baile se hicieron conocidos en todo el país; los discos y, más tarde, la televisión conectaron al público local con los estilos cambiantes del extranjero. El micrófono también transformó el canto. La intimidad, la respiración y una emisión conversacional podían llegar al público allí donde las antiguas salas habían premiado la proyección. Los instrumentos eléctricos y la producción de estudio hicieron posibles después aún más clases de música islandesa.
Cuando The Sugarcubes llevaron el rock alternativo de Reykjavík al público internacional a finales de la década de 1980, la escena ya acumulaba décadas de música de baile, jazz, rock, grupos progresivos, cantautores y experimentación. La posterior carrera solista de Björk no surgió de una isla intacta. Creció entre bandas, redes punk, escuelas de arte, clubes, colaboradores, productores y una avidez por las nuevas tecnologías.
Cuatro preguntas útiles
Cuando una grabación islandesa llame la atención, conviene preguntarse quién creó el sonido, qué sala o sistema lo hizo posible, a qué lengua y público se dirige y qué cambió cuando viajó. Las respuestas convierten a Sigur Rós en un grupo de músicos concretos y decisiones de estudio, a Laufey en compositora y arreglista, y las rímur en poesía sostenida por voces con nombre propio. Así, Islandia deja de ser una marca y se convierte en un campo de escucha interconectado.