Capítulo 02
Rímur, stemmur, tvísöngur y el regreso de antiguos instrumentos
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Las rímur son relatos sometidos a presión
Las rímur son largos poemas narrativos construidos con formas métricas exigentes. Un ciclo puede volver a contar, a lo largo de numerosas secciones, materiales procedentes de una saga, un romance u otro relato. En la interpretación, el verso se kveðið: se declama mediante un patrón melódico llamado stemma. En otras lenguas suele traducirse como salmodia, pero ese término puede inducir a error. La voz no es habla corriente ni un canto litúrgico fijo. Recorre un contorno melódico flexible que está al servicio del metro, la memoria y la fuerza verbal.
Lo primero que hay que escuchar es el motor del texto. La aliteración, la rima, el cómputo silábico y el acento forman un armazón dentro del cual el intérprete modela el ritmo y la altura. Un kvæðamaður o una kvæðakona con oficio no se limita a recitar versos sobre una melodía. Esta debe transportar una gran cantidad de lenguaje sin volverse monótona, mientras la declamación permite que los oyentes se orienten dentro del relato. Distintas stemmur pueden servir a distintos pasajes, cantores y estados de ánimo.
Las rímur perduraron porque la gente las utilizaba, copiaba, pedía y recordaba. Los manuscritos conservan muchos ciclos, pero solo revelan una parte de la práctica. Muestran palabras, metros, marcas de propiedad y vías de copia. El sonido pervive mediante notaciones posteriores, recopiladores y grabaciones. La distancia entre ambas cosas es importante. Por antigua y hermosa que sea, no se debe hacer cantar a una página con mayor seguridad de la que permiten las pruebas.
El trabajo de las mujeres forma parte de esta historia. La supervivencia de Mábilar rímur, por ejemplo, está ligada a mujeres que recordaron, solicitaron y transmitieron el ciclo. Eso no convierte las rímur en un género femenino, pero desmonta la imagen simplista de una tradición sostenida únicamente por poetas y recitadores varones. Una buena historia de la escucha sigue a quienes mantuvieron el material en circulación, no solo a los autores cuyos nombres llegaron a la imprenta.
Bjarni Þorsteinsson y el oído del recopilador
Bjarni Þorsteinsson empezó a recopilar canciones islandesas en el siglo XIX y dedicó unos veinticinco años a reunir el material publicado con el título Íslenzk þjóðlög entre 1906 y 1909. La colección incluye melodías sacras, canciones folclóricas, tonadas de rímur e información sobre instrumentos. Es una obra monumental, pero sigue siendo el trabajo de un recopilador: un registro elaborado mediante entrevistas, notación, correspondencia y decisiones sobre qué preservar.
El lugar más enriquecedor para acercarse al legado de Bjarni es Siglufjörður. El Centro de Música Folclórica se encuentra en la localidad donde trabajó y presenta grabaciones, manuscritos e instrumentos. Los visitantes pueden escuchar a personas de distintas zonas de Islandia cantar y declamar, y después probar réplicas de langspil y fiðla. Ese paso del documento al sonido y de este al tacto es valioso. Muestra la memoria cultural como algo que se practica, no que simplemente se admira.
Los intérpretes actuales dan continuidad al material en lugar de embalsamarlo. Bára Grímsdóttir y Chris Foster, que trabajan bajo el nombre de Funi, cantan textos antiguos y nuevos con voces, langspil, fiðla islandesa, guitarra, kantele y otros instrumentos. Sus arreglos son abiertamente contemporáneos. Esa franqueza hace que resulte más fácil confiar en la música: una canción heredada, una musicalización nueva y una grabación moderna pueden encontrarse sin fingir que proceden del mismo momento histórico.
Dos grabaciones permiten oír esa distinción. «Jómsvíkingarímur», de Steindór Andersen, incluida en Rímur: Icelandic Epic Song (2003), sitúa en primer plano la fuerza narrativa de un kvæðamaður experimentado. «Krókárgerði», de Funi, perteneciente a Gárur (2026), ofrece un contrapunto contemporáneo preciso de Bára Grímsdóttir y Chris Foster: la voz, las cuerdas arregladas y una grabación ambiental sostienen un poema sobre una granja abandonada sin presentar el registro como una supervivencia intacta.
Cómo habla el langspil
El langspil suele disponer una cuerda melódica junto a uno o varios bordones sobre una caja larga de madera. Puede pulsarse con los dedos o con una pluma, percutirse o tocarse con arco. El bordón fija un campo tonal mientras la cuerda melódica articula por encima una línea de ámbito más estrecho. El resultado puede ser seco e íntimo cuando se pulsa, y más continuo y granulado cuando se frota con arco.
La construcción y la técnica variaban. Por eso los talleres modernos hacen algo más que reproducir un diseño museístico normalizado. Constructores e intérpretes comparan objetos conservados, fotografías, descripciones escritas y testimonios transmitidos de memoria. Los talleres de Eyjólfur Eyjólfsson en el Museo Nacional de Islandia convierten esa investigación en práctica: los niños manejan plumas y arcos de crin, aprenden canciones de la colección de Bjarni y relacionan el instrumento con la antigua baðstofa, la estancia compartida de la granja donde se vivía y trabajaba.
La fiðla islandesa exige el mismo cuidado. Era un instrumento parecido a una cítara tocada con arco, no sencillamente un violín primitivo. Cuando los recopiladores documentaron recuerdos detallados, la continuidad de su uso ya se había debilitado. Los ejemplares reconstruidos pueden mostrar posturas, respuestas de las cuerdas y afinaciones posibles, pero una reconstrucción sigue siendo una propuesta fundamentada en pruebas. Esa incertidumbre no constituye un defecto: forma parte del sonido moderno del instrumento.
Tvísöngur: dos líneas, una fricción
El tvísöngur es una forma de canto a dos voces asociada con quintas paralelas y un sonido modal que puede parecer austero a unos oídos acostumbrados a la armonía funcional convencional. Las dos voces avanzan juntas y la relación interválica produce una fricción desnuda y resonante. En la sala adecuada, los armónicos y el grano vocal adquieren tanta presencia como la melodía.
Resulta tentador calificar este sonido de medieval. Conviene resistirse al atajo. La práctica musical posee profundidad histórica, pero una interpretación moderna sucede mediante voces vivas, decisiones actuales de afinación y, a menudo, en un contexto de revitalización. Primero hay que escuchar a dos personas que coordinan respiración y altura. La cuestión histórica puede venir después sin anular ese hecho físico inmediato.
Como ejemplo discográfico concreto, puede escucharse «Gott ár oss gefi / Give Us a Good Year», de Funi, tema que cierra Flúr (2013). Bára Grímsdóttir puso música a un texto hímnico del siglo XVII con el lenguaje de quintas paralelas del tvísöngur. Las voces se alternan y comparten funciones dentro de un arreglo contemporáneo, con autoría claramente indicada y raíces musicales en la práctica antigua.
Las rímur, el langspil, la fiðla y el tvísöngur no forman un único paquete tradicional. Poseen historias y pruebas distintas. Lo que hoy los une es la labor de quienes los estudian, enseñan e interpretan. La mejor vía para quien escucha también es humana: empezar por un cantor o instrumentista con nombre propio, escuchar esa pieza concreta y comparar después otra versión.