Capítulo 05
Aïta, chaabi y la renovación musical de Casablanca
5 minutos de lectura
Aïta significa llamada o grito, pero su ámbito musical contiene formas regionales, convenciones poéticas e historias interpretativas. Las sheikhats y los chioukh transmiten el repertorio mediante una potente proyección vocal, percusión de mano, violín y respuesta del conjunto. Las bodas y los festivales exigen resistencia, comunicación rápida y capacidad para dirigir un verso a un público concreto.
La forma se ha juzgado a menudo desde prejuicios de clase y de género. Las intérpretes podían ser celebradas en público mientras su profesión era objeto de vigilancia moral. Una escucha histórica exige reconocer la destreza antes de repetir el estereotipo: ataque vocal, respiración, dominio del ritmo e inteligencia social para conducir una sala.
Denominaciones regionales como marsaouia, hasbaouia, jeblia y haouzia identifican geografías y estilos diferentes. No son variantes intercambiables de un mismo coro rural. La instrumentación, el tema poético y la relación con la danza cambian según la localidad.
Hajja Hamdaouia convierte la autoridad en ritmo
Hajja Hamdaouia se convirtió para muchos marroquíes en la voz moderna que mejor define la aïta. Daba Yji es un buen punto de partida porque su ataque resulta inconfundible. No flota sobre el pulso: se adentra en él con un timbre brillante y enérgico y una articulación rítmica incisiva que organiza el conjunto.
Su carrera pasó por el cabaré, la radio, los discos y los escenarios nacionales, y amplió el alcance de la aïta. El micrófono realza el detalle, pero no puede crear autoridad. Su sentido del tiempo hace que un verso repetido acumule tensión con cada regreso.
Sitúe a Hamdaouia junto a Zohra El Fassia. Ambas son imponentes cantantes marroquíes, pero el fraseo de la aïta, el equilibrio orquestal y la presencia social producen distintas formas de autoridad pública. Ser mujeres no las sitúa en un mismo género musical.
El chaabi es un mercado, un ritmo y un debate sobre el gusto
El chaabi marroquí designa en sentido amplio la música popular, aunque importan los cantantes concretos y los circuitos regionales. El violín, la percusión, los teclados y los conjuntos amplificados pueden animar bodas y grandes escenarios públicos. El término puede abarcar repertorio tradicional, canciones de nueva creación y modas cambiantes de estudio.
Najat Aatabou llevó al chaabi nacional una voz vehemente, arraigada en el Atlas Medio. Hadi Kedba Bayna es una escucha imprescindible: la franqueza del estribillo y su insistencia vocal de textura áspera vuelven memorable la denuncia social. La traducción revela un conflicto atravesado por las relaciones de género, mientras la interpretación ya comunica el rechazo mediante el tono.
El chaabi de Abdelaziz Stati, guiado por el violín, ofrece otra vía con una personalidad visual y sonora inmediatamente reconocible. En Mawazine 2026, Stati apareció en el escenario de Salé junto a Said Senhaji, Abdellah Daoudi, Aicha Maya y otros artistas populares marroquíes. Una noche de festival no permite jerarquizar todo el ámbito, pero sí da la medida del público masivo que el chaabi sigue convocando.
Nass El Ghiwane dio voz a Hay Mohammadi con percusión y poesía
Nass El Ghiwane surgió del teatro y del barrio obrero de Hay Mohammadi, en Casablanca, a comienzos de la década de 1970. Boujmîa, Laarbi Batma, Omar Sayed, Allal Yaâla y Abderrahmane Paco dieron forma a un conjunto que se nutrió del malhun, del canto sufí, de sonoridades gnawa y de la percusión popular sin convertirse en un espectáculo de estampas folclóricas.
Mahmouma es el mejor punto de partida. La voz, el banjo, el guembri y la percusión de mano construyen una fuerza colectiva austera. El arreglo deja espacio a palabras sobre la presión social y el dolor; la repetición instrumental lleva el texto a la memoria común. Essiniya ofrece otra grabación clásica, con una bandeja convertida en título e imagen alrededor de la cual se concentra el drama de la canción.
El grupo recibió a menudo el apelativo de los Rolling Stones de África, pero la comparación explica mejor la fama que el sonido. Su poder nace de decisiones poéticas y rítmicas marroquíes, de la experiencia teatral y de la capacidad para hacer que un coro suene como un testimonio público.
Jil Jilala y Lemchaheb impiden reducir la historia a un solo grupo
Jil Jilala se formó en el mismo periodo y trabajó intensamente con el malhun, el repertorio sufí y la puesta en escena teatral. Leklam Lemrassa ofrece una introducción reveladora: escuche el peso del texto, la respuesta del grupo y el modo en que avanza el conjunto. La banda no debe aparecer solo como rival de Nass El Ghiwane; desarrolló repertorio y público propios.
Lemchaheb aportó otro lenguaje eléctrico y de resonancia política. Daouini une la guitarra y la textura de banda con la intensidad poética. El sonido del grupo puede ser más denso y abiertamente rockero sin abandonar los recursos rítmicos y líricos marroquíes.
Escuchar los tres grupos revela una generación que debate sobre patrimonio, modernidad y palabra pública. Los instrumentos compartidos no vuelven intercambiables las canciones. Compare la textura de las voces principales, la densidad de la percusión y la rapidez con la que cada arreglo desemboca en un coro.
La lección de Casablanca no es la nostalgia
Los grupos de la década de 1970 conservan una importancia cultural inmensa, pero Casablanca no se detuvo con ellos. La ciudad absorbió raï, rock, hip-hop, metal, producción electrónica y el regreso de miembros de la diáspora. Los estudios e internet ampliaron las posibilidades de publicar música sin pasar por la televisión nacional.
Las bandas anteriores importan a los artistas actuales porque demostraron que la poesía en darija, la percusión local y la crítica social podían conquistar a un público masivo moderno. La influencia no exige imitación. Un rapero puede heredar el derecho a dirigirse a la ciudad más que un patrón de guembri.
Daba Yji de Hamdaouia, Hadi Kedba Bayna de Aatabou, Mahmouma de Nass El Ghiwane, Leklam Lemrassa de Jil Jilala y Daouini de Lemchaheb forman un recorrido de cinco etapas desde la aïta y el chaabi hasta la poesía de conjunto y el rock. Cada tema encarna una forma distinta de dirigirse al público.