Capítulo 06
La música afgana en la diáspora y el exilio
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La música afgana viaja desde hace mucho tiempo, pero la guerra y las restricciones políticas convirtieron el desplazamiento en una realidad determinante para varias generaciones de músicos. Peshawar, Teherán, Mashhad, California, Washington, Viena y otros lugares pasaron a ser centros donde los repertorios podían interpretarse, grabarse, enseñarse y transformarse.
Circuitos fronterizos
Peshawar ha sido un núcleo de primer orden para los músicos afganos y sus redes de grabación. Su cercanía a Afganistán la convirtió en punto de llegada e intercambio, sobre todo en periodos en que desarrollar una actividad musical dentro del país resultaba peligroso o imposible. Los estudios y la circulación de casetes permitieron que las canciones regresaran a los oyentes afganos y se proyectaran hacia las comunidades migrantes. La ciudad no fue una mera sala de espera para una tradición desplazada: pasó a formar parte de su historia moderna.
En Irán, los músicos afganos han actuado en reuniones domésticas y entornos comunitarios de ciudades como Teherán y Mashhad. La condición migratoria y las circunstancias sociales locales determinan quién puede actuar en público, qué conjuntos llegan a formarse y cómo se reúne el público. El repertorio en persa puede encontrar puntos de conexión inmediatos, mientras la experiencia migratoria se incorpora a nuevas canciones y decisiones interpretativas.
Nuevos escenarios y aulas
En California, los intérpretes de rubab han desarrollado una labor concertística y docente para las nuevas generaciones. Un estudiante puede aprender un repertorio afgano en una ciudad estadounidense, oírlo junto a otras músicas de Asia Central y Asia Meridional y llevarlo después a un acto comunitario o a un escenario formal. La trayectoria de Homayun Sakhi ilustra la capacidad del rubab para conservar su carácter inconfundible al integrarse en nuevos conjuntos y colaboraciones internacionales. The Art of the Afghan Rubab une el desarrollo prolongado del raga con una voz instrumental afgana; proyectos posteriores colocan esa voz junto a un cuarteto de cuerda, un santur y otros instrumentos de Asia Central.
Viena se ha convertido en un lugar de música comunitaria y estudio. En Portugal, el Instituto Nacional de Música de Afganistán (Afghanistan National Institute of Music) y la Orquesta Juvenil Afgana han reconstruido una estructura institucional en el exilio, en vez de limitarse a ofrecer conciertos conmemorativos ocasionales. «Banu: Her Voice, Her Freedom» reúne a la compositora y vocalista Farangis Mirzad con la orquesta; el arreglo transforma una canción afgana contemporánea en una declaración colectiva realizada por estudiantes y mentores profesionales. En Europa, Australia y Norteamérica, los músicos afganos se dirigen hoy a recién llegados, migrantes de generaciones anteriores, niños nacidos fuera del país y oyentes sin vínculos previos con Afganistán. Una misma actuación ha de apelar a varias formas de memoria.
Elaha Soroor y Sonita Alizadeh señalan otros dos itinerarios. Soroor trabaja con canciones afganas y hazaras mediante grupos, electrónica y colaboraciones transfronterizas, de modo que un antiguo contorno melódico roza una nueva línea de bajo o una nueva textura de estudio. Alizadeh, criada en parte en Irán y más tarde afincada en Estados Unidos, emplea el rap como lenguaje en primera persona: la cadencia, la expresión directa y la cámara adquieren tanta importancia como la instrumentación heredada. Aquí, la diáspora no es un solo sonido. Es un conjunto de condiciones de trabajo que propicia nuevas elecciones musicales.
Ese público cambia el programa de un concierto. Una canción radiofónica conocida puede convertirse en un momento de reconocimiento compartido durante una reunión comunitaria. Una melodía regional quizá requiera una presentación previa ante el público de una sala. Un docente puede adaptar una lección oral al calendario escolar o a una videollamada. Músicos de distintas regiones afganas, separados en su país por la distancia y el contexto social, tal vez acaben colaborando en el exilio.
Lo que viaja con una canción
La lengua preserva la intimidad a distancia. El persa, el pastún, el hazaragi, el uzbeko y otros idiomas afganos pueden situar a un cantante dentro de una comunidad y, a la vez, alcanzar a quienes reconocen la melodía aunque no entiendan todas las palabras. La poesía quizá ancle una interpretación en un mundo literario antiguo; un arreglo radiofónico puede convocar la memoria familiar; el golpe seco del rubab puede hacer que una sala nueva parezca unida por un instante a otro lugar.
Las grabaciones viajan de manera diferente a las personas. Casetes copiados en mercados, archivos digitales sin créditos y grabaciones de archivo restauradas pueden circular durante décadas. Mantienen accesible la música, pero el nombre del intérprete, la fecha y el contexto original quizá se pierdan por el camino. A menudo, los músicos de la diáspora restituyen ese contexto mediante conciertos, enseñanza y saberes familiares, y devuelven una canción a la deriva a una historia vivida.
El exilio también produce música nueva. Los artistas encuentran estudios, leyes, instrumentos y colaboradores diferentes. Escriben sobre el desplazamiento, combinan repertorios regionales, emplean producción electrónica o remodelan la duración y el arreglo de una pieza para otro escenario. El cambio no es aquí una prueba de lealtad. Es lo que hacen los músicos cuando han cambiado los públicos, las herramientas y la vida cotidiana.
El mapa de la diáspora no debería reemplazar el mapa de Afganistán, pero ambos forman ya parte de una misma geografía. Los linajes de Kabul continúan en California; las grabaciones pasan por Peshawar; las comunidades afganas de Irán mantienen la práctica musical en los hogares; las instituciones vuelven a formarse en Europa. Cada ruta aporta algo al sonido —acústicas, presiones y oyentes nuevos—, al tiempo que conserva las relaciones con poemas, instrumentos y recuerdos llevados desde Afganistán.
En ese mapa ampliado, la continuidad se oye tanto en los pequeños actos como en los conciertos públicos: un niño que aprende una melodía, una familia que vuelve a poner un casete o varios músicos que afinan juntos antes de una reunión comunitaria.