Capítulo 05
Mujeres, restricciones y continuidad musical
5 minutos de lectura
La historia musical afgana cambia cuando la escena se traslada de un escenario público a una casa, una reunión de mujeres, un estudio de radio o un aula. Las mujeres han cantado, tocado, enseñado, compuesto, escuchado y mantenido vivos los repertorios en todos estos espacios, aunque el acceso y la visibilidad hayan variado radicalmente según el lugar, la clase social, el periodo y el poder político.
Voces en espacios distintos
Los trabajos históricos realizados en Herat durante la década de 1970 describen redes musicales de mujeres tanto profesionales como aficionadas. Sus actuaciones pertenecían a la vida ceremonial, doméstica y privada, pero también alcanzaban circuitos más amplios. Un tambor de marco, un grupo de voces y un repertorio compartido entre mujeres podían animar una celebración fuera del alcance de los archivos de conciertos públicos. Aquellos espacios no ocupaban los márgenes de la vida musical: eran lugares donde las canciones se recordaban, se transformaban y se transmitían.
«Bibi Gol Afruz», cantada por Zainab Herawi y Anar Gol, da nombres y sonido a esa historia. Sus voces tienen la inmediatez de la música compartida, no la proyección de una solista de concierto; el formato íntimo de la interpretación pone en el centro el ritmo y la ejecución conjunta. La misma colección contiene nanas, secuencias nupciales, palmas, percusión y piezas de danza. Así, la música de las mujeres aparece como repertorio y técnica, no simplemente como una ausencia en el escenario público.
La radio creó otro tipo de espacio. Las cantantes pudieron desarrollar carreras públicas y darse a conocer en todo el país gracias al apoyo de los conjuntos y al alcance de las emisiones. Farida Mahwash ocupa un lugar central en el encuentro de la poesía, la formación musical rigurosa y la canción radiofónica popular. Otras mujeres trabajaron como instrumentistas, docentes, integrantes de conjuntos y compositoras; más adelante, diversos proyectos educativos ofrecieron a niñas y jóvenes una formación musical estructurada.
Esa continuidad adopta voces muy diferentes. Elaha Soroor lleva materiales hazaras a arreglos definidos por la guitarra eléctrica, los sintetizadores, la polirritmia y la producción contemporánea de estudio; Our Freedoms Must Be Won hace explícito ese encuentro en vez de tratar la canción folclórica como una reliquia intacta. En «Brides for Sale», Sonita Alizadeh emplea la interpelación concisa y el habla rítmica del rap para convertir un alegato personal en una canción de alcance público. En Portugal, Farangis Mirzad compuso «Banu: Her Voice, Her Freedom» para una colaboración de 2026 con la Orquesta Juvenil Afgana (Afghan Youth Orchestra), con arreglo orquestal de Tiago Moreira da Silva. Estas artistas no representan un único estilo femenino. Muestran el trabajo de las mujeres afganas en el canto ceremonial, la radio, el rap, la composición para conjunto y la producción moderna.
La visibilidad pública nunca cuenta la historia completa. Un catálogo dominado por hombres puede reflejar a quiénes podía grabar el recopilador, qué actuaciones podían circular abiertamente y qué decidió preservar una institución. La música doméstica dejó a menudo menos huellas perdurables. Por tanto, el paisaje sonoro superviviente debe escucharse atendiendo tanto a la célebre voz radiofónica como a las innumerables interpretaciones que permanecieron en el seno de la vida familiar y comunitaria.
Música en tiempos de conmoción
El conflicto, la censura y el desplazamiento han interrumpido repetidamente las instituciones musicales afganas. Durante el primer régimen talibán, de 1996 a 2001, la música fue reprimida, los instrumentos se ocultaron y muchos músicos abandonaron el país. Sin embargo, los repertorios sobrevivieron en la memoria, la práctica privada, las grabaciones y las comunidades migrantes. Un viejo casete o una lección impartida en el extranjero podían mantener la continuidad pese a la ruptura de la vida pública.
Desde que los talibanes volvieron al poder en agosto de 2021, se han documentado de nuevo graves restricciones a la música pública y a los medios de vida de los músicos. Las condiciones y el grado de aplicación varían, pero las amplias trabas a la interpretación, el uso de instrumentos y el trabajo artístico son indudables. Es una realidad del presente, no la definición completa de la música afgana. Su historia se remonta mucho más allá del régimen actual, y sus redes vivas rebasan el territorio que este controla.
La continuidad puede ser silenciosa. Un maestro transmite una frase; una familia pone a salvo sus grabaciones; un artista graba a distancia; quien canta lleva el repertorio a un entorno lingüístico nuevo; un archivo repara un soporte dañado. Las mujeres afganas de la diáspora también han recurrido al repertorio folclórico, la canción popular, el rap y la colaboración digital para hablar de migración, género y presión política. El medio cambia; el acto de hacer oír una voz sigue siendo esencial.
Escuchar sin convertir el peligro en espectáculo
Las restricciones afectan al sonido al que podemos acceder. La falta de grabaciones públicas recientes procedentes de un lugar puede deberse al peligro, a la necesidad de preservar la privacidad o al cierre de instituciones, no a la desaparición del conocimiento musical. En esas condiciones, las grabaciones históricas adquieren mayor importancia, pero no deberían inmovilizar la cultura afgana en la década en que un equipo de grabación pasó por allí.
Afganistán no es hoy un destino convencional para escuchar música en directo. Los principales avisos oficiales desaconsejan viajar al país, y jamás debería buscarse una actuación informal de un modo que exponga a músicos o anfitriones a riesgos. Para la mayoría de los oyentes, la vía más rica y responsable de acceder a esta música se encuentra en las grabaciones históricas, los archivos bien documentados y los conciertos de músicos afganos en la diáspora.
La historia que cuentan esas grabaciones es mucho mayor que la prohibición. Comprende los cantos ceremoniales de mujeres en Herat, voces radiofónicas célebres, el aprendizaje instrumental, la experimentación popular, recuerdos protegidos durante la guerra y obras nuevas creadas tras la migración. Las restricciones cambian dónde puede sonar la música y quién puede arriesgarse a ser oído. No han borrado a los músicos, los públicos ni los repertorios que dan profundidad a la música afgana.